CAMPS

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Camps, Victoria (1941- )

& Filósofa española, nacida en Barcelona, doctora en filosofía y catedrática de la Universidad Autónoma, es una importante exponente de la reflexión ética de la España contemporánea.

Ha escrito varias obras, siempre bajo la misma óptica de la ética. En La imaginación ética (1983), se propone hacer un discurso "interesante" sobre la ética, en pos de una ética "menos dura y más amable".

En Ética, retórica, política (1988), se interesa en un pensar arraigado en el diálogo.

Defiende la democracia fundada en la participación de los ciudadanos, que "es incompatible

Otras de sus obras son: Virtudes públicas (1990, en ella señala el peligro de que la modernidad se encierre en la vida privada y en la indiferencia social) e Historia de la ética (tres vols., 1989-92), obra en colaboración de la que ella es coordinadora y coautora.

Enciclopedia Universal Multimedia ©Micronet S.A. 1999/2000


PROFUNDIZACION VICTORIA CAMPS.

CAMPS, Victoria Barcelona, España, 1941. Se docto ra en 1975 con una tesis sobre «La dimensión pragmática del lenguaje».

 Profesora de la Universidad Autóno ma de Barcelona, colabora durante algunos años con el Instituto Fe y secularidad. La primera obra de  Victoria Camps, Los teólogos de la muerte de Dios,ilustra ya desde su título las preocu paciones juveniles de la autora, quien años después contribuirá también a    la redacción de un volumen sobre sociología de la religión y teología.  

En los años ochenta promueve y di­rige una Historia de la Ética en tres volúmenes (1987‑1992) cuyo objetivo es, además del docente, obligar nos a releer la historia de la filosofía  a partir de la ética y la política como referentes estructurantes de todo decir filosófico. Ética y política que,  según Camps, no sólo están vivas en  España sino que gozan de excelente   salud. En otra ocasión dirá que la éti­ca parece estar de moda y que ya re­sulta agobiente hablar de ella.  

Habiendo seguido las marchas y contramarchas del giro lingüístico de la filosofía, Camps dialoga hoy con comodidad con los llamados pensa­dores postanalíticos como Rorty y MacIntyre, y con autores tan distintos como Bobbio, Agnes Heller y Vattimo. Dentro de España, su maes­tro, como el de muchos otros, es José Luis López Aranguren. A Francisco Gomá le debe la dirección de su li­ bro Pragmática del lenguaje y filo­sofía analítica. Cita además entre sus amigos intelectuales a Ferrater Mora,             Emilio Lledó, José M. Valverde, Fer­ nando Lázaro Carreter, Alfonso Ál­varez Bolado, Xavier Rubert de Ven­tós, Eugenio Trías, y a sus compañe ros Gerard Vilar, Eduardo Subirats, José Vericart, Esperanza Guisán, Amelia Valcárcel.  Párrafo aparte qui­za merezca su relación filosófica cn Javier Muguerza, ese hombre obstinado en la perplejidad, entendida por Camps como el difícil arte de decir no a cualquier intento de resolver el maridaje de razón e individuo. Si está de acuerdo en cuanto a la inconclusividad de la ética que se enfrenta hoy desasosegada con esos dos elementos no prescindibles, se le hace difícil aceptar el inflexible y radical imperativo muguerciano del disenso; y aunque acepte que nuestro destino parece ser la insatisfacción y el disgusto, ello no la conduce a la desesperanza apocalíptica ni a la imposibilidad rotunda de distinguir entre bien y mal. 

La ironía lúcida de Camps la separa de cualquier absoluto, de toda ultimidad, de sea cual sea el sentido de una razón unitaria y definitiva. De ahí que frente a la fantasmagórica «comunidad de comunicación» de Apel y Habermas ‑‑‑esa nueva aventura del barón Münchhaussen, como dijera Muguerza­y ante la « Asamblea originaria» del neocontractualismo de Rawls, perciba preocupada que se trata de estériles caminos cuya ineficacia reside en dejar a un lado los intereses económicos y políticos de las comunidades humanas, de las democracias, no logrando introducir la racionalidad en la historia, y haciendo caso omiso de las características que la comunicación, ese «simulacro» en la metáfora de Baudrillard, adopta en la época de los medios masivos. Por otro lado, frente a las éticas fundamentalistas, considera que hay que partir del factum de la moral, defenderlo, no justificarlo, a lo cual se agrega la conveniencia de abandonar la aversión a la ética que mide el valor de la acción por las consecuencias de la misma y la pertinencia de no hacer, pues no resulta de peso. Diferencia entre esa modalidad de la ética y la llamada por Weber ética de la convicción o de los principios. En clara posición pragmatista, Camps sugiere, por ejemplo, que los principios de libertad y diferencia de Rawls resultan inaplicables y escandalosamente agresivos en los países en los que la justicia está «bajo mínimos». 

Pragmática del lenguaje y filosofía analítica pone de manifiesto que si algo tienen en común las filosofías contemporáneas es la aceptación del punto de vista lingüístico. Si éste realiza el pasaje a la pragmática del lenguaje ‑relación de signos y usuarios‑ como es el caso de Wittgenstein con su noción de «juegos lingüísticos», y de Austin con la de «actos de habla», se relativiza y debilita cualquier visión del mundo. De este debilitamiento Camps saca provecho para iluminar los caminos de la ética y la política. Si el lenguaje no es representación del mundo sino una «forma de vida» reglada por prácticas sociales; si la semántica sin la pragmática es ciega a las dimensiones reales del lenguaje, a su empleo concreto; si el lenguaje es una actividad, un comportamiento; si aprender a hablar es aprender a comportarse como ser humano, aprender a razonar, a confiar en los demás, a distinguir entre el dominio personal y el público, a ordenar, clasificar, justificar, jerarquizar; a saber qué es el miedo y el dolor, a bromear, mentir, escuchar, los juegos del lenguaje son contingentes, históricos, injustificables, ni racionales ni irracionales, simplemente están ahí, en palabras de Wittgenstein, como la vida misma. Pues bien. entre esas formas de vida, en último término injustificable entonces está la moral con su pretensión su¡ generis de racionalidad; su¡ generis porque no ha habido ni habrá palabra última acerca de su validez. No prescindir de tal racionalidad, sin la cual ningún discurso ético tiene sentido para Camps, es apartarse del emotivismo moral que a veces se le ha atribuido, y con ello de la filosofía tradicional a la que considera suicida, ya que adscribe a una terapéutica disolución de los problemas filosóficos.  

La imaginación ética nos exhorta a abandonar esa machacona, reiterativa, improductiva pregunta por los fundamentos, que pretende ser la que dibuja el espacio de una inexistencia moral «pura». La imaginación ética de Camps pretende ser la muerte de las éticas trascendentales, y con ello de ese modo de hacer filosofía que sitúa « el reino de los fines o del hombre emancipado» no sólo en el futuro sino como condición a priori de la moral y criterio de la racionalidad. Se abandona así el mundo conflictivo y complejo que estamos viviendo hoy y que es el que tiene que acaparar nuestra atención. Paradójicamente, fue la lectura de quien vetó la imaginación como adecuada al conocimiento ético, Spinoza, lo que le dio la clave para despejar el rumbo de una ética encallada en Kant. Hay que cambiar el tono de las preguntas: éstas no pueden recortar horizontes precisos y rígidos, ni menos creencias seguras movilizadas por la «ansiedad cartesiana» de la que habla Richard Bernstein, ansiedad de fundamentación. Sin embargo, fue Descartes quien le sugirió el sentido de una moral precaria, provisional, revisable, corregible, pero que entonces se mueve en un lugar que no es el del racionalista del siglo XVII sino el del sabio prudente aristotélico. La decisión deliberativa, contingente, es el único reducto en que cabe hablar de «autonomía» y «libertad», entendidas éstas como indeterminación y duda, defciencia y miseria, limitación y debilidad. Después de considerar los sueños de la razón pura de los autores que ya nombramos, pero también de Marx en su «sociedad sin clases», y de Nietzsche en su noción de «superhombre», Camps deja deslizar su reflexión hacia la concreción de las siguientes preguntas: ¿Qué puedo hacer? ¿Qué quiero hacer? ¿Cuáles son mis posibilidades concretas? Y hacia un «rearme moral» que tendrá en cuenta dos instancias; una inspirada en el pragmatismo de Dewey: la educación creadora de disposiciones y actitudes, del sentimiento de comunidad solidaria, que contrarrestre la competencia, la ambición de poder y la indiferencia. Y la otra teórica, la que invoca la necesidad de una ética crítica, negativa, que mantenga la tensión y el descontento entre lo que hay y lo que debería haber; que identifique el mal si no sabe recortar el bien; que apunte a la democracia, mal menor, pero el mejor que hemos imaginado; que denuncie lo que acuerdos políticos irremediables ocultan, esto es los disensos; que no prescriba un futuro armonioso sino que se ubique en el presente, territorio menos equívoco en el cual es más fácil señalar lo que nos repugna, lo que duele y hace sufrir.

En Ética, retórica, política reitera lo que sostuviera en La imaginación ética: porque la razón es impura, la ética ha de ser imaginativa; porque su carácter es el del desorden y el desconcierto, debe apuntar a medios y no a fines; porque está muy cerca de la política, no puede sino recurrir a estrategias; porque ya no hay cabida para la razón monológica moderna, debe asentarse en el siempre precario diálogo; porque el "yo debo" es una noción vacía, ha de concebir la ética como ethos, formación del carácter y proyecto de vida, discurso deliberativo que no encaja en el orden de los preceptos e imperativos. A ello agrega Camps que en la medida en que la razón abstracta nos aleja de las carencias vividas, conviene despertar deseos racionales producto del ingenium, de la creación imaginativa, y no de la deducción racional. 

En relación con lo anterior, Camps advierte que si la racionalidad de los medios es insuficiente, como se ha repetido tantas veces, los unes de la acción carecen de contenidos separados de ellos. Son "nebulosos" y sólo cuando el curso de la acción es concebido con la imaginación, sabemos en definitiva qué buscamos. Por otra parte, la filosofía práctica debería ocuparse de valores justificables por sí mismos en la existencia cotidiana, en la concreta vida social. Si aspiramos a más, lo perdemos todo: los fines que no se justifican a sí mismos en las prácticas sociales son equívocos, confusos, y no hay modo de señalarles los medios adecuados para alcanzarlos. De alguna manera pareciera que Camps está sugiriendo que los valores morales y políticos no son, a fin de cuentas, incumbencia de la filosofía. Son de hecho universalmente válidos y transculturales, "ideas reguladoras" no filosóficas ‑por ejemplo los derechos humanos a la vida y a la libertad‑, preferencias fácticas, oscuramente "utópicas" pero que constituyen el suelo de nuestra forma de vida social y política. El paso del yo al nosotros no es fácil, dice Camps. Kant se equivocó, no somos tan sabios como presumía. Sólo cabe hablar de esperanza, esperanza en la persistencia existencial del proyecto ético mismo ‑nada de historia de progreso moral ni de utopías intrahistóricas a la manera moderna‑,cuyo "fundamento" es religioso, ya que es un misterio: el futuro se nos escapa. Nuestro puesto es y seguirá siendo el presente. Un presente en el que la política tiene como fin el orden y la seguridad, se mide por sus consecuencias, siempre que éstas no sean la mera eficacia, y no viene a cuento "moralizarla". También la felicidad o vida buena está más allá de la justicia, de toda regulación, e incluso es el dominio de las transgresiones, a veces heroicas, de las mismas normas morales. El libro termina con una frase de Borges: "...la felicidad es frecuente... No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso". Recurrir a ella significa un compromiso de Camps con un inesperado optimismo, el que recorre en realidad toda la obra de esta pensadora a la que nuestra época obliga a una saludable cautela filosófica.  

Virtudes públicas concreta la idea de que son las actitudes y los sentimientos los que pueden convertir los valores morales en objetos de deseo.  

Sin embargo, como ya señalamos antes, no se trata de defender un emotivismo que considera simplista y descaminado. El único criterio con que contamos es la racionalidad y será ésta la que educará nuestras preferencias, por más "abiertas" que sean. Su preocupación gira en este caso en torno a la siguiente interrogación: ¿cuál es la moral que necesita el nosotros de un país democrático y en épocas de pluralismo y provisionalidad? A partir de un racionalismo bien temperado, su pensamiento avanza hacia una mayéutica que nos permite descubrir valores morales a partir de lo que detestamos, de lo que nos falta. Como en las obras ya consideradas, este ejercicio de una razón "menguada" es retórico, persuasivo. Su modelo podría ser la paideia. Su objetivo, la justicia pública, no la felicidad privada. Esta última se logrará desde la igualdad y la libertad que hace de cada uno de nosotros persona. La democracia no halla la justicia, la hace, y su soporte es la búsqueda del consenso y la regulación del disenso, en un régimen de verdad intersubjetivo pero irremediablemente imperfecto. Lo que sigue es una argumentación sobre las cualidades que la paideia democrática ha de despertar en los ciudadanos: solidaridad, responsabilidad, tolerancia, profesionalidad, buena educación o disciplina. Digamos para terminar que Camps, a pesar de su contextualismo y de la ironía que la conduce a afirmar que la democracia carece de fundamentación racional, permanece calma en la convicción de que no hay democracia tan corrupta que no realice algo de la verdadera democracia. Ironía y discurso "edificante" se mezclan así para evitar el cinismo, al cual no se puede adherir ni teórica ni temporalmente. 

Marta López Gil (en Dicc de pensadores conemporaneos de Patricio Loizaga)

Bibliografía: Los teólogos de la muerte de Dios, 1968. Pragmática del lenguaje Y .filosofía analítica, 1976. La imaginación ética, 1983. Ética, retórica, política, 1988. Virtudes públicas, 1990. Paradojas del individualismo, 1993. Los valores de la educación, 1994 (2.a ed.).  


Sábado, 20 de junio de 1998 EL MUNDO periodico

El Foro de Babel propone un modelo de sociedad alternativo al de Pujol

Los firmantes del manifiesto defienden una fórmula federalista y plural

SANDRA PAR

BARCELONA.- «La situación en Cataluña es cada día más preocupante», asegura el segundo manifiesto del Foro de Babel, colectivo de intelectuales y profesionales que se opone a la hegemonía ideológica que Convergència i Unió (CiU) ejerce en esta comunidad autónoma.

El escrito agrega que la fórmula social defendida por CiU «no se corresponde ni con lo que mayoritariamente se deseaba» al emprender la andadura democrática «ni con lo que ponen de manifiesto las expresiones libres y públicas de muchos catalanes».

En este nuevo documento se propone un modelo de sociedad alternativo al que ha construido, en sus 18 años de gobierno, la coalición nacionalista que encabeza Jordi Pujol.

El escrito del Foro de Babel defiende una fórmula de sociedad asentada sobre cuatro principios: ciudadanía, pluralismo, bilingüismo y federalismo.

Los miembros de este colectivo -entre los que figuran el jurista Francesc de Carreras, la senadora socialista Victoria Camps, el escritor Félix de Azúa y el filósofo Eugenio Trias- aseguran que «los independentismos y soberanismos lo único que pretenden es repetir, a escala reducida, el modelo ya superado de los estados centralistas nacionales».

Frente a esto, los firmantes del manifiesto defienden las tesis federalistas, un modelo cuyos actores deben ser el Estado, las comunidades autónomas y los municipios.

El escrito de el Foro de Babel también denuncia la «falsa dicotomía» que oficialmente se establece entre «catalanistas y españolistas», a quienes se define como «anticatalanes» y se les deslegitima para ejercer cargos o tareas públicos.

Agrega que esta política de marginación se lleva a cabo con «el apoyo, el silencio o complicidad» de amplios sectores políticos, sociales y culturales.

Por todo ello, el Foro de Babel reclama una sociedad plural y bilingüe, en la que el nacionalismo no sea la única ideología oficial, y donde catalán y castellano convivan naturalmente, desde la escuela hasta los poderes públicos.


Martes, 18 de agosto de 1998 EL MUNDO periodico

Camps critica la incoherencia del PSOE y el papel de la prensa

 

La presidenta de la Fundación Alternativas y catedrática de Etica de la Universidad Autónoma de Barcelona, Victoria Camps, declaró ayer que la polémica política en torno a la independencia de la Justicia a raíz del caso GAL tiene su origen en la «incoherencia del PSOE», al que acusó de «enmendar la plana» a la Justicia después de haber dejado el asunto en sus manos.

En declaraciones efectuadas en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense en el Escorial, Victoria Camps -que fue senadora independiente en las listas del PSOE en la anterior legislatura- comentó que «el PSOE lleva mucho tiempo diciendo que la Justicia debía decidir y dirimir responsabilidades, y ahora que lo ha hecho, en parte lo que hacen es enmendarle la plana a la Justicia».

Camps señaló que las políticas antiterroristas existen desde hace más años de los que estuvo el PSOE en el Gobierno, y por ello considera «injusto» que éste sea el único partido que cargue con acusaciones de guerra sucia, que, en su opinión, «no corresponde sólo a gobiernos del PSOE». En este sentido, cree «cierto» que existió una conspiración mediática en torno a los GAL y criticó el papel de investigadores que han ejercido los medios de comunicación en detrimento de su papel de mediadores.