| La vida exige respuestas a los espíritus
inquietos. Una búsqueda de la explicación a los dilemas de
la existencia que se manifiesta en la obra del pintor a través de
un incesante torrente de creatividad. Pero casi siempre la concha de la
vida se cierra sobre su ombligo y se niega a revelar su preciada perla.
Entonces el torrente artístico se rebela y se hace más fuerte,
más caudaloso. El artista se vuelve más inconformista y más
prepotente. Porque se percata de que sus creaciones no son más que
incesantes abortos de respuestas. Interrogaciones excesivamente abiertas.
Y se pintan cuadros uno tras otro. A veces no convencen y se pintan de
nuevo. Otras convencen y se vuelven a repetir. Hasta que el proceso de
búsqueda, que se había vuelto ya agónico y obsesivo,
se convierte en un fin en sí mismo. La obsesión es ahora
el método, el camino, la finalidad y no sólo el medio para
encontrar respuestas. El camino es ahora más fácil. Ésta
podría ser la historia de la obra de Nacho Algarín. Cuando
contemplamos su obra nos sobreviene una indefectible angustia.
Como en aquella pintura del grito de Munch,
todos nos sobrecogemos ante el terrorífico espectáculo de
una pregunta sin respuesta. La pintura de Nacho es obsesiva,
ya no porque elabore tres o más cuadros al
día, sino formalmente también. Objetos aparentemente intrascendente
trasmiten angustia por el simple hecho de serlos, personajes y objetos
mutilados -dedos en primer plano, pies que cuelgan, radiografías,
ojos, rinocerontes mutilados- pueden verse como un terror -respeto- a la
Verdad. La parte por el todo. No pinta lo general sino lo concreto, como
una metáfora de la búsqueda de lo absoluto, de lo completo,
de la Verdad, de las respuestas últimas a la existencia. La metonimia
como consuelo.
Toma de Warhol el arte expresivo de la repetición pero con un matiz diferenciador, mientras él lo usaba para desmitificar y hastiar, Nacho lo usa como una hábil forma de hacer pensar a la vez que un curioso método de sublimación. ¿Qué tiene de peculiar unos dedos que sostienen un pitillo para que sirva de tema tantas veces? Tampoco se esconde en este proceso iterativo un interés por la perfección técnica en el uso de la luz y el ambiente como hizo Manet con sus catedrales, sino sólo la obsesión por encontrar la esencia tras las formas, de desnudar al objeto del disfraz de su apariencia. Sus cuadros y esculturas son llamaradas en los ojos -como el martirio de Miguel Strogoff-. De hielo o fuego. Sus pinceladas son llamaradas fauvistas, latigazos de color. Y en ellos relampaguea el desarraigo y el dolor, herencia de los expresionistas de la postguerra (Grosz, Dix o Beckmann) y de lo abstracto (Motherwell o Pollock). Rostros gritan a mandíbula abierta en oníricas y angustiosas visiones, seres deformes, experimentos humanos/animales y símbolos ancestrales son algunos de sus temas más recurridos, revolviéndose todos en una paleta cromática estridente y de pinceladas enérgicas y perfectamente descuidadas, lo que convierte el impacto en pesadilla, el choque visual en trauma. Y para provocar usa también todo lo que cae en sus manos, los objetos extravagantes chocan por su singularidad y los cotidianos por su familiaridad. Imposible pasar de largo. Con una trayectoria tan creativa, un espíritu tan necesitado de experiencias y una producción tan fértil, uno sólo puede pensar en un éxito profesional asegurado y merecido. A medio o corto plazo. Tan sólo es cuestión de tiempo. El éxito a nivel personal, sin duda, se hará más difícil a medida que aumenten sus preguntas. |
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