| No es fácil ser pintor comprometido en una época en la
que la comercialización de la pintura amansa los ímpetus,
suaviza las tensiones y crea un arte fácilmente digerible que solo
busca deleitar y embellecer. Por ello advertir personalidades artísticas
contundentes y audaces que ponen valientemente su creatividad al servicio
de la defensa de los valores esenciales de la humanidad, resulta altamente
satisfactorio. En una sociedad convulsa y agitada como la que vivimos es
necesario que existan pintores como Ignacio Algarín cuya visión
de la realidad concuerda con el contenido de sus obras. Por ello la
contundencia de sus trazos y rasgos traducen en su inconformismo
y desasosiego frente a un orden de valores que él cree
injusto. Igualmente su sentido del color agresivo y tumultuoso,
grueso en texturas y empastes es reflejo de la tensión palpitante
en el mundo actual. Las raíces pictóricas de Ignacio Algarín
se encuentras latentes en un pasado artístico aun no muy lejano
cuando a principios del presente siglo, fauvistas y expresionistas
incorporan a la pintura violencia en el color y desasosiego en la actitud
espiritual. De estas premisas Ignacio Algarín obtiene un estilo
totalmente personal y diferenciado que le caracteriza y define con nitidez
y precisión dentro de la nómina de pintores jóvenes
que actualmente intentan consolidar su trayectoria cara al futuro. A Ignacio
Algarín sólo le hace falta perseverar sin desaliento en la
trayectoria que ahora mantiene. No renunciar a sus principios y madurar
su enorme potencial creativo. De esta manera es seguro que se convertirá
dentro de poco tiempo en uno de los artistas más solventes y dignos
de la nueva generación que ahora en los inciertos años de
fin de siglo preparan su talento para proyectarlo con fuerza en las primeras
décadas de la nueva centuria. |