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CARTA PASTORAL

DE

MONS. RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ

A LOS CONSAGRADOS DIOCESANOS


 

AÑO SANTO DE SAN JULIÁN. 1998-1999.

 

Cuenca, 2 de febrero de 1998

Al mismo tiempo que remito a los Sacerdotes y Comunidades de Consagrados y Consagradas los materiales recibidos del Secretariado de la Comisión de Obispos y Superiores Mayores de la C. E. E. para la próxima jornada del día 2 de febrero, una fuerza interior me mueve a escribiros, en este año singular de nuestra Iglesia local, la presente Carta.

En la homilía que pronunció el Papa en la Basílica Vaticana hace un año cuando se celebró esta jornada a nivel universal por vez primera, afirmaba el Papa:

"A todos vosotros queridos religiosos y religiosas, y a vosotros, queridos hermanos y hermanas miembros de Institutos Seculares y de Sociedades de Vida Apostólica, se os ha encomendado la tarea de proclamar con la Palabra y el ejemplo el primado de lo absoluto sobre toda realidad humana".

Deseo saludaros con estas mismas palabras y exhortaros para que, como venís haciendolo, profundicéis de forma progresiva en los textos conciliares y, sobre todo, en la Exhortación postsinodal "Vita Consecrata", para vivir con inmensa alegría vuestro ser de bautizados.

Dentro de las grandes líneas de renovación y preparación para el Año 2000 cuidad especialmente estar muy despiertos durante este año a la voz del Espíritu y llenaros del "buen vino" de Sus Dones para repartir con abundancia.

Enmarcada esta preparación en el Plan Pastoral Diocesano espero que seáis los primeros en acercaros diariamente a San Julián, en este Año Santo, para lograr "que él nos enseñe a que el amor de Jesús presida todos los esfuerzos de renovación, a coordinar y animar todas las instituciones más allá de lo puramente funcional y a abrir el corazón a la experiencia apasionante de unirse a los hombres, compartiendo la misericordia activa del Padre en Jesucristo", como escribía a todos los fieles diocesanos recientemente, en otra carta.

Sé que haréis vuestros los textos seleccionados por la Comisión de Obispos y Superiores Mayores de la C. E. E. para esta jornada, sobre la realidad eclesial, obra del Espíritu Santo y unidad de ministerios en la Vida Consagrada.

Por mi parte, al hilo de esos mismos textos de la Exhortación Apostólica "Vita Consecrata" deseo expresaros:

 

I. Los consagrados: un tesoro singular en nuestra Iglesia.

En mis primeros viajes por la extensa geografía de nuestra Diócesis, pude comprobar muy pronto la enorme riqueza de vocaciones, sobre todo femeninas, consagradas al Señor. Sois un tesoro peculiar y signo visible para el pueblo de Dios y para el mundo.

No es difícil advertir pronto que la vida diaria de las comunidades parroquiales y de su entorno está impregnada de vuestro testimonio.

Por ello, al celebrar esta jornada, os animo a continuar siendo signo visible del Evangelio, desde la clausura o actividad. Vuestro carisma específico es expresión siempre de la vitalidad del mismo Cuerpo místico de Cristo. Vuestra eficacia y futuro depende de la vivencia actualizada del carisma propio.

Sin la vida consagrada, por medio de los votos de castidad, pobreza y obediencia, nuestra Iglesia no sería en plenitud ella misma.

Sois centros de oración, de recogimiento, de diálogo personal y comunitario que el Espíritu suscita constantemente. Sin ese clima de intensa y amorosa comunión con Dios que impregna toda vuestra actividad en tantos rincones, nuestra Iglesia sería mucho más pobre.

Por eso vuestra vocación merece la máxima estima por parte de vuestro Obispo y fieles de la comunidad diocesana. Por eso mismo os quiero expresar mi gozosa confianza y esperanza. Alentaros como Consagrados y Consagradas a no desmayar en el camino emprendido. Vale la pena proseguir con renovado espíritu y entusiasmo.

Necesitamos de vuestra generosa entrega, dedicación de vuestro corazón libre que alarga insospechadamente sus potencialidades de amar en un mundo que está perdiendo la capacidad de altruismo, de amor sacrificado y desinteresado, para nuestra constante renovación diocesana.

Sois imprescindibles y estáis en lo alto del candelero de nuestra Iglesia. "Signo vivo" de consagración total, como María, a los planes del Señor. "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Como María, escogéis a Jesús, el divino Esposo y os desposáis con Cristo y éste crucificado. Dais así testimonio, ante todos, de la vida eterna que Cristo nos ha traído con su cruz y resurrección.

 

II. Jornada de oración por los Consagrados y Consagradas y por las futuras vocaciones.

El Pontífice actual cuando instituyó esta jornada de oración y reflexión sobre la Vida Consagrada (Solemnidad de la Epifanía de 1997) marcaba en su mensaje una triple motivación:

· Alabar y agradecer al Señor el don de la Vida Consagrada en la Iglesia.

· Que el Pueblo de Dios conozca mejor y estime esta vida de los consagrados.

· Ayudar a los propios consagrados a renovar su consagración.

Si nos reunimos en torno al altar del sacrificio eucarístico, en el que Cristo presente ora y agradece con nosotros, obtendremos también lo que pidamos (Mt 18, 19ss.).

Pedimos con y por vosotros y rogamos juntos con Jesús al "dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38).

Seamos fieles a la voz de la Iglesia que nos exhorta a "fomentar con el mayor empeño posible las vocaciones sacerdotales y religiosas, prestando especial atención a las vocaciones misioneras" (Christus Dominus, 15).

Dios es siempre libre de llamar a quien quiere y cuando quiere según la "excelsa riqueza de su gracia por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús" (Ef 2, 7), pero habitualmente Él llama a través de nosotros y de nuestra palabra. Por consiguiente, no tengáis miedo a llamar. Introducíos en medio de los jóvenes, id personalmente al encuentro de ellos y llamad. Abramos luego los horizontes del Espíritu multiforme en sus dones para fortalecer nuestras comunidades de clausura, porque muchos jóvenes si dan con la "perla escondida" estarán dispuestos a consagrar su vida al Señor en plenitud. A nosotros nos toca llamar y cultivar, el resto lo hace el Señor, que da a cada uno su don particular, según la gracia que le ha sido dada (Cf. 1 Cor 7, 7; Rm 1, 26).

No seamos egoístas nunca en este campo vocacional porque como quiere el Concilio: "más allá de las fronteras de cada diócesis, nación, familia religiosa y rito, y puesta la mirada en las necesidades de la Iglesia universal, ayudemos principalmente a aquellas regiones que con más urgencia reclaman operarios para la viña del Señor" (Optatam Totius, 2).

 

III. En el año del Espíritu.

La dimensión cristológica y la dimensión pneumatológica de la vida religiosa están estrechamente unidas y se implican mutuamente. Por eso toda vuestra existencia de consagración religiosa está en constante referencia a Cristo y al Espíritu Santo.

Esto es así desde los primeros pasos en que se siente la vocación. Esta proviene de Jesús y es acogida por el que es llamado por el influjo del Espíritu Santo.

Podemos leer en la "Redemptionis Donum", 3:

"El punto directo de referencia a una vocación es la persona viva de Jesucristo, la llamada al camino de perfección toma forma de Él y por Él en el Espíritu Santo el cual, a nuevas personas, hombres y mujeres en diversos momentos de su vida y principalmente en la juventud, recuerda todo lo que Cristo dijo y en concreto lo que dijo al joven que le preguntaba ‘Maestro ¿qué obra buena he de realizar para alcanzar la vida eterna?’ ".

Esta llamada que tiene su paradigma en la invitación que Jesús hizo al joven rico, la actualiza constantemente el Espíritu Santo en las personas que sienten la vocación a la vida religiosa.

Pero esta doble referencia a Cristo y al Espíritu se manifiesta también en el fruto maduro de la vida religiosa, que es la realización del hombre nuevo, de la nueva creatura de que nos habla San Pablo. La palabra "sígueme" pronunciada por Jesús cuando os miró y amó, hizo que con vuestra "respuesta", os formara como criaturas nuevas mediante la fuerza del Espíritu de Verdad, que actúa por el misterio pascual de Cristo.

Entre esos primeros pasos en el seguimiento del Señor, recordando su llamada, y la fecundidad de los frutos proveniente de una larga y perseverante fidelidad a la vocación, toda la existencia del consagrado se desarrolla bajo el signo de la disponibilidad para acoger y adherirse al influjo del Espíritu.

Dóciles a la gracia del Espíritu Santo que lleva a la perfección, a su plena expresión, las exigencias de vuestra consagración bautismal como consagrados, os conduce a experimentar de forma suprema el misterio pascual de muerte y vida en la que estáis inmersos desde la iniciación cristiana. Con la ayuda del Espíritu haced morir todo lo que conduce al pecado y a la muerte, todo lo que se opone al verdadero amor de Dios y a los hombres. Que no os conforméis a este siglo, sino que os transforméis, porque el mundo tiene necesidad de esta contradicción y levadura que son vuestras vidas.

IV. En la Fiesta de la Presentación del Señor.

Significativamente esta jornada se celebra en esta Fiesta porque Jesús aparece como Icono elocuente de la donación total que los consagrados han realizado de la propia vida, y María se nos presenta como imagen de la misma Iglesia que ofrece y consagra a Dios a algunos de sus hijos e hijas.

Fiesta de la luz. Así le proclamó Simeón al Niño: "Luz para todas las naciones y gloria de su pueblo Israel". Los Consagrados, iluminados por la luz de Cristo, renuncian a las obras de las tinieblas y viven como hijos de la luz. Llenos de esa luz comparten y oran con los que viven en tinieblas. Dimensión apostólica y misionera de la vida consagrada.

Signo de contradicción. María vivirá tan unida y asociada a Jesús y su obra, que también ella experimentará cómo se clava en su corazón la espada de dolor. El seguimiento radical de Cristo produce escándalo, incomprensión y dolor más de una vez, pero María recuerda al consagrado que así se redime y salva.

 

Ana, bendice a Dios porque ve en el Niño la consolación de Dios ya presente. El consagrado alaba y da gloria a Dios por lo que Él hace en nombre de la Iglesia y a favor de los hombres. Cada día presenta a Dios las necesidades de los hermanos y, por eso, el rezo del Oficio Divino, constituye un elemento clave en su vida.

María cumple con la ley de la purificación a los cuarenta días del parto. Es la Inmaculada, siempre virgen, limpia de corazón que garantiza la visión de Dios. Es la pasión suprema del consagrado "ver a Dios" lo que exige un permanente ejercicio de purificación y ascesis.

Jesús inaugura, con su entrada en el Templo las nuevas relaciones entre Dios y la humanidad. Se abren para los humanos nuevos horizontes de cercanía a Dios, porque Él habita de forma permanente entre nosotros. Razón única y última de todos los consagrados, como discípulos amados y queridos con especial predilección por el Señor.

José y María consagran a Dios a su hijo primogénito. Consagrados a Dios desde el Bautismo, somos ya solo de Dios, exclusivamente suyos. La profesión de los consejos evangélicos supone una mayor radicalidad y profundización en esta pertenencia.

V. Nuestra enhorabuena e invitación.

Vivamos todos con inmenso gozo esta Fiesta. Felicidades por el regalo de Dios en vuestra llamada, a la que respondéis día a día. Gastáis bien vuestra vida. "Dejándolo todo, se levantó y le siguió" (Lc 5, 28). No miréis hacia otro lado, porque el amor vence cualquier dificultad.

Mientras pongo estos deseos junto a las reliquias de San Julián, orad insistentemente por nuestra Iglesia de Cuenca. Os necesitamos y mucho. Orad especialmente por el Presbiterio diocesano y Seminaristas. Por los programas pastorales de renovación diocesana...

Les invito finalmente a la celebración litúrgica que tendrá lugar en nuestra Catedral, en esa fecha a las 18, 30 h. Buena ocasión para obtener la Indulgencia Plenaria de este Año Santo.

Con mi saludo y bendición.

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