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Aparece El Rocio por entre los limites de cualquier espacio, entre brumas levantadas a la
amanecida, llegadas desde el cercano mar, levantando como un velo blanco en un paraje
dominado por la marisma, por el llano inmenso y sobrecogedor: húmedo. Ni agua ni tierra
firme, a ratos ni siquiera real. Se asoma la ermita a La Rocina y refleja allí una
imagen mil veces repetida. El
peregrino ha llegado a la aldea almonteña y de inmediato le envuelve la calidez de un
perfume indestilable: devoción, romero, cantueso y pasión, un aroma irreproducible fuera
de los limites de El Rocio, que son los del Parque Nacional de Doñana, que son los de
Almonte. Triángulo casi mágico que viene a identificar tres palabras que sin permiso de
las academias se sienten en estos pagos como sinónimos. En este alambique maravilloso el
olor a jaguarzo, romero, pino y eucalipto vienen a confundirse con el olor a cera quemada
que sale de la Ermita, allí en esa plenitud de marisma inundada de agua salada y también
de vida. Pero si algún alquimista, en su laberinto de cobre y cristal, pudiera acercarse
a la esencia de El Rocío, aún necesitaría el viajero una mente predispuesta a
disfrutarlo: el saber oírlos sonidos callados de la arena corriendo por la marisma y
hasta el lejano sonar del tamboril y la flauta rociera, con las que rítmicamente Almonte
venera a la Reina de las Marismas, a la Santísima Virgen del Rocío, su patrona.
En el paseo marismeño que bordea
a La Rocina, ese espejo de sal donde se mira la ermita, un tamborilero de bronce, observa
la fachada principal del Santuario desde poniente, para que en las tardes de invierno,
cuando el sol se pierde en un horizonte infinito y plano, pueda su sombra entrar en la
ermita a rezarle a Ella.
Aparece El Rocio por entre los
limites de cualquier espacio, entre brumas levantadas a la amanecida, llegadas desde el
cercano mar, levantando como un velo blanco en un paraje dominado por la marisma, por el
llano inmenso y sobrecogedor: húmedo. Ni agua ni tierra firme, a ratos ni siquiera real.
Se asoma la ermita a La Rocina y refleja allí una imagen mil veces repetida. El peregrino
ha llegado a la aldea almonteña y de inmediato le envuelve la calidez de un perfume
indestilable: devoción, romero, cantueso y pasión, un aroma irreproducible fuera de los
limites de El Rocio, que son los del Parque Nacional de Doñana, que son los de Almonte.
Triángulo casi mágico que viene a identificar tres palabras que sin permiso de las
academias se sienten en estos pagos como sinónimos. En este alambique maravilloso el olor
a jaguarzo, romero, pino y eucalipto vienen a confundirse con el olor a cera quemada que
sale de la Ermita, allí en esa plenitud de marisma inundada de agua salada y también de
vida. Pero si algún alquimista, en su laberinto de cobre y cristal, pudiera acercarse a
la esencia de El Rocío, aún necesitaría el viajero una mente predispuesta a
disfrutarlo: el saber oírlos sonidos callados de la arena corriendo por la marisma y
hasta el lejano sonar del tamboril y la flauta rociera, con las que rítmicamente Almonte
venera a la Reina de las Marismas, a la Santísima Virgen del Rocío, su patrona.
En el paseo marismeño que bordea a La
Rocina, ese espejo de sal donde se mira la ermita, un tamborilero de bronce, observa la
fachada principal del Santuario desde poniente, para que en las tardes de invierno, cuando
el sol se pierde en un horizonte infinito y plano, pueda su sombra entrar en la ermita a
rezarle a Ella.
Cinco caminos dicen los
mapas que hay para acercarse a El Rocio. Pero sólo cuatro ven caminar año tras año toda
la devoción de un pueblo hacia su Reina de las Marismas. Cuatro caminos para llegar a la
Virgen, caminos de pasión y alegría, de gozo, bondad y fe.
El Camino de los Llanos,
llega al Rocío desde el norte y es el mas antiguo. Coincide en la actualidad con el
trazado que une la aldea con el núcleo urbano de Almonte, desde aquí prolongándose
hacia Bollullos, enlaza El Rocio con la Autopista de Sevilla a Huelva.
Desde la tierra de Juan
Ramón, el Camino de Moguer llega alfombrado de arenas que vienen del Poniente. Es bueno
para andar y para dejarse llevar a lomos de caballerías; es este el camino por el que los
peregrinos de Huelva acceden a la aldea de El Rocío. Si eres amigo de los senderos
podrás acceder, pasando Moguer, a los Lugares Colombinos, si no es así, desde
Matalascañas llegaras a ellos por la carretera nacional .en un agradable paseo de no más
de 30 km.
El Camino del Ajolí, o Camino
del Puente del Rey, te deja a las puertas del Rocío desde la Raya. Pinar de Los Pájaros,
Charco del Cura, hitos que suenan a música peregrina que siempre confluyen en el Puente
del Ajolí, limite con el vecino Hinojos, por donde caminan hacia la Blanca Paloma los
romeros desde toda la zona oriental.
No podemos olvidar el que
sin duda puede resultar más bello a los amantes de los espacios naturales el Camino de
Sanlúcar, que une la aldea, atravesando Doñana, con la desembocadura del Guadalquivir,
desde donde parten las carretas tras vadear en barcazas el estuario del río grande.
No te extrañes viajero si por
cualquiera de estas sendas te cruzas con gente cansada, alegre y polvorienta, ya has
estado ante la Virgen. ya sabes donde van, ofréceles tu vino y sigue andando.
Otro andar es el que puede llevar al viajero por el Camino de
Matalascañas. Una casi recta carretera lleva de El Rocio hasta el centro emblemático y
de servicios de las extensas playas de Almonte: Playas de Doñana, del Asperillo,
Matadifuntos, del Loro. En apenas quince kilómetros de carretera se pasa de la marisma a
la playa. Es la carretera que habrá que tomar si se quiere ir a alguno de los Centros de
Recepción para visitantes del Parque Nacional de Doñana: Palacio de la Rocina, Museo
Etnográfico de El Acebrón y Centro de Recepción de El Acebuche.
Cinco caminos en suma que te
llevarán a El Rocío, en cualquier época del año. Pero al margen de los atractivos
naturales que todo este entorno tiene, la aldea de El Rocío es, sobre todo, centro de
peregrinación y devoción de un pueblo que tiene marcadas por la tradición unas fechas
que están señaladas en rojo en el almanaque que cada rociero tiene en su corazón.
En Pentecostés, cincuenta días
después del Triduo Sacro de la Semana Santa, y en fecha variable al depender de ella, que
viene a coincidir con las últimas semanas de mayo o primera de junio se reúnen en El
Rocío las más de noventa Hermandades que desde los puntos mas lejanos del país honran
con su peregrinar a la Reina de las Marismas.
La Hermandad Matriz de Almonte,
guardiana de las tradiciones rocieras, espera desde el miércoles anterior a los romeros.
Es el fin de la primavera: la renovación espiritual y el ciclo natural se vienen a
renovar, en estas tierras de María Santísima, un año más.
A caballo, la mayor
concentración equina de Europa, gentes que vienen desde todas las partes del mundo hasta sobrepasar el millón, se mezclan en una sublime explosión de
fervor, luces, sonidos y aromas hasta transformarse en grandiosa oración a la Madre de
Dios. Por Pentecostés, el día de la Blanca Paloma, de la Virgen del Rocío, los nervios
después de la tensión de un año de espera se desbordan en la Ermita. La madrugada de
este lunes llamado "de Rocío", los almonteños se acercan a los pies de su
Madre y Señora . Comienza la procesión de la Virgen por la aldea y los almonteños
llevan, con riguroso orden, sobre sus hombros a la Virgen del Rocio. Aquí las apariencias
pueden desconcertar al viajero, pero el orden, tras alzar en hombros a la virgen y aún
antes, es riguroso y sólo sigue los designios de una tradición no escrita, sino dictada,
año tras año por la Reina de las Marismas. Acércate, viajero, míralos con el corazón,
y bajo lo aparente, al igual que al levantar el vuelo los ánsares sobre la marisma de
Doñana, que desconcierta al profano por lo tumultuoso, todo es armonía recreada en la
devoción del pueblo almonteño. Ha comenzado el paseo de la Virgen del Rocío por las
calles de su aldea.
En estas fechas y en
esta aldea es fácil comprender este paroxismo, esta demostración de fe.
Cualquier hombre de bien podrá comprobar en su corazón esa casi milagrosa vibración
empática que sólo lo sublime puede provocar. Por el mismo camino de los Llanos, el 18 de
agosto, verano en la marisma, Almonte se dirige a una nueva cita en el Rocío. Es la
Procesión del Santísimo, el conocido como 'Rocío Chico', acción de gracias en
compensación a la promesa colectiva de los almonteños, que a principios del siglo XIX,
en tiempos de la invasión francesa, pusieron sus destinos en manos de la Blanca Paloma.
Y hay más fechas
aún en que la devoción del pueblo acude a la aldea almonteña. Simplemente todos los
fines de semana del otoño y el invierno, incluso entrada la primavera, cuando cada una de
las Hermandades Filiales, hijas de la Hermandad Matriz de Almonte y hermanas entre ellas,
realizan su propia peregrinación al Santuario.
Quiere Almonte que cada siete
años su Madre visite el pueblo, desde tiempo inmemorial este traslado se realizó sin
fecha fija, cada vez que el pueblo requería sus favores, ya fuese para enfrentarse a
cualquier peligro o para petición de favores y mercedes a ¡adivina Reina de las
Marismas. Es a mediados de siglo (1949) cuando se regulariza en periodos de siete años.
La Virgen, con traje de viaje y cubierta para ser preservada del fino polvo de las arenas
cruza las apenas tres leguas que la separan de sus hijos. Sobre sus hombros filiales, la
entrada en Almonte, por el Chaparral, en una noche de agosto se carga con el olor a
pólvora que desprenden las antiguas escopetas, con las mismas salvas, sin plomo,
utilizadas para espantar a los pájaros de las cosechas, sin dañarlos, y que sirven ahora
para celebrar el amanecer del primer día en Almonte de su Madre.
Desde este verano hasta la primavera siguiente la Patrona preside el
altar de la parroquia del pueblo, defendida cada noche por sus hijos que pugnan por el
turno que les permita estar más cerca de Ella.
Nos queda aun otro peregrinar y
otros caminos, los caminos del corazón, los que se hacen al andar los caminos
callados de miles de peregrinos que durante todo el año buscan en la Reina de las
Marismas
Consuelo a sus pesares y pago a sus favores. Este es El Rocío que
vive todo el año en la devoción y en la gracia de la Reina de las Marismas, la Madre de
Dios.
Cualquier época del año
es propicia para visitar El Rocío, si observar el amanecer en primavera hace al viajero
reencontrarse con el origen de la vida en Doñana, las noches cálidas de verano,
refrescadas por la brisa de la Rocina o laguna de Santa Olalla, no envidia las mañanas de
otoño, cuando se difuminan los límites entre la marisma y la aldea, se viste entonces El
Rocío de Doñana, como Doñana se hace Rocío en sus eternos atardeceres invernales.
Toda la aldea almonteña, con sus
calles de tierra que se niegan a recibir un asfalto que arrancaría la esencia de este
recogido y hermosísimo pueblo, es mirador de Doñana, pero sin duda el observatorio más
privilegiado es el paseo marismeño, a los pies del Santuario, una cuidada senda que une
el puente de la carretera de entrada desde Matalascañas, con el Puente del Rey o Puente
del Ajolí. Equidistante de ambas referencias, en un recodo del paseo, a modo de
península, el observatorio ornitológico Madre del Rocío, sirve tambien
de punto de información al visitante. En el camino al observatorio el viajero deberá
pasar cerca de la Plaza del Acebuchal, que recibe su nombre de los olivos silvestres, los
acebuches, que la pueblan y que los almonteños, sabedores de su valor naturalístico
cuidan desde antiguo En esta plaza existen uno de los mejores y más antiguos ejemplos de
la arquitectura popular marismeña, casa bloque alargada, fachada simétrica, dos ventanas
y puerta, cubierta a dos aguas con un primoroso tejido vegetal impermeable: la
Castañuela, un arbusto típico de estas marismas rocieras.
Terminado el recorrido en
el puente del Ajolí y, teniendo como permanente referencia la espadaña de la ermita el
agradable paseo se detendrá en la Plaza de El Eucaliptal, amplio espacio que en los días
de romería y a la hora del rosario convoca a todos los estandartes, los Simpecados de las
hermandades rocieras filiales.
Desde el Eucaliptal
accedemos a la Plaza de El Real, por el mismo camino que en Pentecostés siguen los
simpecados entre el rosario y la misa, que se celebra bajo el monolito rematado por
primorosa imagen en piedra de la Virgen del Rocío.
Y de allí al Pocito, antiguo
surtidor que los abuelos del lugar recuerdan como una de las escasa fuentes de agua.
Sin apenas notarlo hemos llegado,
por fin, a las puertas del Santuario, el centro religioso, y arquitectónico también, de
la aldea almonteña. Al levantar la vista se observa entre el blanco de la fachada y en la
nave central de la ermita, la imponente majestad de los cuatro evangelistas en el retablo
del altar mayor, cuatro columnas espirituales que franquean el Sagrado Simulacro, la
imagen divina de la Virgen del Rocío.
Dentro del templo, la Hermandad
Matriz de Almonte ofrece de forma permanente una interesante exposición en la Sala Real:
carteles, convocatorias, pintura y orfebrería votiva, en las que la religiosidad popular
parece adelantarse al más puro arte naif relatando en pequeños cuadros. Describiendo con
el pincel, las gracias que la Blanca Paloma les concedió.
Completan la exposición
muestra de atributos y ropas de la Virgen y los Perfiles Barrocos, adelanto a escala de lo
que será el nuevo retablo, ahora en construcción. En el mismo recinto y en la Sala del
Coro, la organización expone una cuidada semblanza en fotos de principios de siglo de la
Coronación Canónica de la Pastora Almonteña. Para exposiciones temporales reserva la
Hermandad Matriz la Sala de las Marismas. Próximo a esta sala, en el balcón que desde la
ermita mira a la marisma, un azulejo recuerda la visita que un peregrino excepcional
hiciera a este santuario, Su Santidad el Papa Juan Pablo II.
Cuenta el Ayuntamiento de
Almonte entre sus servicios permanente en El Rocío con una Oficina de Turismo que junto a
los puntos de información de las recepciones de los hoteles cubren las necesidades de
información para el viajero.
Entre las consultas mas
habituales se encuentran las referidas a empresas relacionadas con el mundo ecuestre, no
podía faltar en la Aldea Internacional del Caballo servicios dedicados a la visita a
caballo o en coches de tiro de la misma aldea y de Doñana.
De vuelta a la embajada.
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