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de "Bonus Track"
(Ediciones Ultimo Reino, 1999)
CUATRO Poeta Sólo piensa cómo hacer para robarle la voz al trueno. Habla de la lluvia por simple descuido. ¿Para qué publicar? El poeta envía su material con el sigilo de un conspirador. Quien lo recibe también lo sabe: la poesía rueda por el suelo, cruje como las hojas secas. Algunas cosas necesarias para la escritura de un poema La precisión de un relojero. El vuelo del águila. La delicadeza de un insecto. la zozobra del loco. pluma o lápiz. Sequía poética Las palabras no se adhieren al papel, vuelan dispersas, se distraen en el aire. Andan como locas de atar, como mujerzuelas en la época de los conventos. Padecen demencia. Reniegan. Hasta que un buen día se paran en seco. Vicisitud Envíanos
la lluvia, envíanos la lluvia Si se pudieran mojar las palabras, ¿Acaso crecerían? No habría desierto en los papeles. Una leve lluvia llegando desde lo alto y los textos se clasificarían en, al menos, dos tipos: poemas de invernadero y poemas salvajes. Una leve lluvia en los papeles. Fracaso o victoria Pulirlo hasta que quede limpio Dejarlo macerar a la vieja usanza. Implorar por él a los antiguos dioses. Porque el poema (moderno o no) se nos resiste hasta quedar exhausto. Café literario Siempre al borde de la trampa y sin escuchar los presagios que nos trae al mar amparas a cualquier loco que mal escribe su canción. Lo amparas con el arte de ciertos villanos de comedia. Lo amparas y lo dejas a su divina suerte. Lo amparas y le permites leer sus palabras ante un público de gentes fracasadas. Pero en la penumbra esas palabras son tan ciegas como todo lo que no florece a su debido tiempo. Y ya se sabe, porque lo dice el fuego y también lo dice el aire, no habrá comunión posible para quien no busque el poema, con la misma desesperación de un animal que escapa. CINCO En la casa del tigre Cuentan grandes penas, amoríos trágicos e historias de madres posesivas hilando la tarde. Despliegan el dolor como si fuera un mantel y beben alegres las copas del olvido. Una embarcación en ruinas navega el río de la noche, dicen que en ella viajan el rey mendigo y su guardia de sonámbulos. A mediados del siglo en una ciudad mal llamada Buenos Aires, repiten, un niño levantaba apuestas de caballos a espaldas de sus inmaculados padres y más lejos otro niño loco se inventaba solitario la llanura. Murmuran trozos de vida ya cubiertos por el polvo o casi. Por esas calles de Dios La frágil memoria de un borracho nocturno abraza el aire. Para él olvidar y morir se convierten en una sola palabra. Nunca repite el abecedario de corrido. Jamás ve su propia sombra. Muy apartado de la vida tantea y tantea el último rayo del alba. Poema sin camellos y nos decimos que
cantamos No veré más a la lluvia dorada pintar el mar, ni a los pájaros del alma beberse a cántaros el viento. Un fulgor distinto iluminará el paisaje y la travesía será más tenue. En la ciudad también está el desierto. |
| Anahí Lazzaroni |
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