| | la autora | |
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Esta hoja de marfil y su bastón de arena que sabe del vuelo legendario de puentes y de remolinos, de los altos adioses que cometen las plateadas golondrinas. Por la ciudad que cruza el juego de sus lunas de fiesta, saciada de esquinas y de puertas, y el naipe del dolor persigue y se despierta del sueño de sus torres. El hombre que se hunde en el ojo de su espejo, el hombre que se enfrenta con el cielo, navega en la palabra sus hábitos de cuento y de infinito. y la pared que se levanta siempre para recordarnos nuestra lucha diaria con la muerte. Esta pesada empresa de comenzar el día, desde el dolor anónimo de los hombres que pasan como si no pasaran, de los hombres que mueren como si no murieran. Esta guerra que al fin es tremenda pero cotidiana, si a fuerza de insomnio y de locura no cambiamos, no cambiamos. Nos hace bien presentir esperanzas, pero ha llovido mucho y llueve, y la lluvia es antigua y nos pregunta: ¿qué estamos haciendo con la vida? nos hace bien, sin embargo, que siga preguntando. Paradoja, contraste, coincidencia, repetición, absurda y permanente de todo lo que ocurre mas acá de las manos, mas allá de los ojos. La certeza y la duda, la paz y la barbarie, los siglos que volaron y los que nos esperan, la vida que se enlaza en la tinta y nos retiene, la muerte que nos deja de pie frente al océano. Los rostros que se sueñan en todos los espejos, lo que esta siempre, lo que no estuvo nunca, las voces que recuerdan y las voces que olvidan, la mirada que cae con su traje de lluvia, las estrellas que juegan su ajedrez milenario y que nos eterniza. Ser fecha y clave y laberinto, todo se desliza por sus ojos mágicos, los nombres son efímeros, los niños demasiado trasparentes y el tiempo se repite como una sucesión de nidos de agua. Aquella infancia tuya y mía, el ancho espacio para la última lágrima y sorprende el verano como un viejo testigo de las cosas, sobre ese punto de lluvia y de campana, de fruto y de desierto, somos un episodio, cierta historia, un escalón de espejos, donde nos inventamos. Y entonces viajo y el instante se pierde con todo el peso del equipaje antiguo con el asombro de lo recién llegado. Un niño deja sus ojos en la nube y el tren devora el día. Alguien me contó un final con líneas de humo y no ha pasado mi cintura de vidrio sin estallarse contra el filo del aire. Un disco encendido ahueca el cielo y otra vez la vida me parece una ráfaga. Y uno siempre va tratando de sumarle caricias a la herida, pero el cuento regresa a veces con su prosa de hielo. Y entonces despertamos cuando no debemos despertarnos. Y la palabra que nos aturde es Dios, el signo que nos pesa sobre la pupila huérfana es infinitamente todo el cielo. Pero luego ciertos lugares, ciertas voces nos informan que se siguen trazando algunos puentes como lazos de plata. Algunas puertas como gargantas azules liberan estrellas que se hunden en el pecho. Miradas como alas de vidrio, nos justifican las calles otoñales, regadas de ventanas con madres que no saben morirse, de cuadernos con sus mayos abiertos al reloj recién amanecido de los hijos. Aun es otoño, por algunos días mas será otoño, algunas canciones son inmensamente blancas, no me hagas recordar las hojas que me hundieron su óxido en el pecho. Prefiero los restos milagrosos del sol trepándome los brazos con pinceladas de oro. El pequeño tiempo se estrella fugaz contra mis venas, la ciudad está armada diariamente por sus preguntas verdes, la noche va mordiendo los puentes y las fábricas los hombres van armando su antiguo itinerario con el amor cansado sobre el puerto de un ala, por la vejez del barrio con su perfil de sueños, de azules barriletes que les riegan los ojos |
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