| | el autor | |
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Solo los amantes oyen el llamado del dios oculto de la sangre, solo los que aman ven al taumaturgo que aleja al tiempo y los hace invisibles, bajo los puentes circulares se hacen dueños del espacio humano con sus cabelleras enlazadas en el nocturno oleaje de la ternura, y más allá, el país del dolor, y más acá, la visión profunda de la lejanía, en las estaciones secretas el alto campo de la melancolía, y sobre las espaldas como un pájaro se les ha posado una sombra. Yo aquí, sentado como un animal que observa el ocaso, intento ahuyentar la despedida. El tiempo continúa lentamente afuera de la casa, tan solitario como dos extensiones que olvidaron su nombre. El hombre abandona entonces la mesa, el vaso, los temores, y marcha, marcha y marcha. Reposa en los bordes del camino junto a mujeres y viejos, marcha en silencio. Cada llanura, cada piedra y cada flor, todos conocen los cielos que la deriva largamente pone en los ojos. El camino es antiguo y el hombre que anda se sostiene en el tiempo, ciudades, reyes, bosques, perlas, batallas, arcilla, imagen, cimiento, claustro, límite, maravilla y medida, todo se extiende bajo la dimensión de su mano, todo cristaliza junto a los vibrantes silencios. ¿Qué busca el viento? ¿Quién bebe lo trasparente? ¿Cómo fatiga el cielo? Magia y dogma se precipitan en un cortejo dividido sobre la marcha sola, como es sola la sombra encadenada al dolor. Con la visión de la tierra que respira en bocanadas delante suyo fundiéndose sobre la espalda como un parto transformado, va con su palabra, abandonado a los escudos y los filos, grande como un reino, ligero como el polvo, eterno como una estrella. Es la hora incierta de las espumas grises, es la hora de la proa que desciende a la garganta del mar, nadie duerme en este parto nadie llora sobre la sombra, la noche siempre regresa con su vistosa revelación de angel, le han robado los ojos al mar se le han ido las manos, los oídos tiemblan por la borda de los barcos que esfuman, su rosa de óxidos y herrumbre, su compás de vientos su ronda secreta, el antiguo canto de los pequeños peces promete luces bajo el signo. Detrás del oscuro pedernal y mas abajo, junto a la espalda del último abismo, en la soledad oscura del pequeño hueso, la despavorida soledad del sueño en la boca, mariposa de sal y noche máscara de silencio, agua infinita agua de frío agua de agua agua de miedo agua y espina miedo en línea, en la burbuja queda mi fragmento de hombre, en su astilla de noche agua de nombre, noche de noche, Dios en retirada. (niños esclavos de Camerun tirados al mar, febrero 2001, barco ETIRENE) Estos hombres heredan la tierra sobre la piel como el abrazo del cielo en las tardes blancas. Estos hombres son invitados a la ceremonia del azar, abismados al hechizo de sus ilusiones elevan la voz de los sueños cantando alabanzas como ángeles y en las alturas de la tenue trama se revela su escasa insinuación de porvenir. Esta dura garra el progreso impone un delgado pasillo de bala en línea con la sombra, decreta la medida y la textura, el acotado temblor de los rezos y el espacio de los signos. Estos hombres, como pájaros celestes, trepan la niebla por las escalas de cada mañana, llevan la rosa concluida de la fe entre los dientes cerrados y un arco de silencio como escudo. |
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