A veces, una rosa no basta. Algunas tardes, ni siquiera una docena te harían mirar alto. Ha llovido demasiado en el pequeño jardín de la Vía Aurelia. El desastre es indescriptible. Pétalos heridos por todas partes... Ana no me habla. Sólo mira hacia el fondo, mientras gira, gira, la noria extraña de los colorines...
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(Para Ana, por San Jordi, etcétera...) 1. No te alarma la lluvia, ni el deseo desata la lengua. Nada de cuanto nos rodea a oscuras será el coro fantasma. Página, destraba la pluma: en las entrañas mete la mano, en el río, desnuda de mundo. Le sobran -rosa- goteras a tu cuerpo. 2. Estanque, hiedra, caño, muerte constante, rosa levítica blanca, vacía y hereje y cegadora. 3. Al alba ¿qué hace tu amiga del alma?. 4. No están equivocadas las rosas. Más allá de la tormenta sólo hay noche, sólo oscura espera, extrañas estaciones, o cuanto a su paso vomita. Cielo trémulo de cien fuegos. Préstame, amor, los besos con abluciones perfectas. 5. Nadie te quiere las mañanas de lluvia. Rosas. Cerezas. 6. La rosa vino impulsada por un mecanismo de destrucción, como si el silencioso estruendo de los verbos fragmentados y de los versos facultase la puesta de largo de un amor agotado por encima de sí mismo. 7. Con luz incandescente de islas y soledades no buscadas sufres la espera contra la que la noche termina encajándose. Un sol que no lastima cita la exaltada promesa del perfume. 8. Ríe, ella sí, ebria. 9. Vuelvo al ayer. Reparto lo que tengo entre las rosas. 10. Tus versos de jabón no han servido para nada. Inquilino de una habitación oscura aplazas los momentos más fieles del recuerdo y roncas. 11. La nieve es fundamento, unidad de raíz. De anchas mangas los besos son códigos de bosques llenos de aves en tanto que tú clamor que sube a los tejados, sábana que el recuerdo borda magnífica, sucia, desaliñada, cotidiana, tierna como el pan en la mesa. Vidrio, mar antigua como testimonio. Nada cuelga de las paredes. Santa y bella, subyuga y estremece. 12. Luego un despiadado silencio. El instante en que cae una gota al vaso, y otra. Luego otra luz que no ha visto volar los pájaros será tu paz. A punto de sucumbir te salva la prisa -todavía abril sigue siendo el hombro, el ombligo, perforado por los besos-. 13. Con la tristeza azul de quién ha perdido los mares para siempre se va marchitando la rosa que nos divide, empolvada, de yeso, de crepúsculos. |
Genaro Ortega
genaro.o@terra.es
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