De los Cuadernos de un soñadorJosé L. Dasilva N. |
Quien
afirma que no existen amistades sinceras y desinteresadas, sólo está
reconociendo su propia incapacidad como amigo. |
Yo no se lo que es sufrir
la falta de lo vital:
nunca viví en la miseria,
jamás pasé hambre o frío;
pero sé lo que es trabajo
porque nací campesino.
Yo
no conocí la guerra;
yo nací en otro camino,
en otro lugar
del tiempo.
¡No era ese mi destino!
Pero conozco de sobra
los
horrores que en la guerra
vivieron los campesinos.
Tuve la muestra en
sus rostros,
en las marcas de sus cuerpos,
en tantas madres sin hijos;
en
las viudas a destiempo:
en su callado sufrir
porque, mi Dios, no hay
quien sufra
como sufre el campesino.
Tuve la muestra en la tierra
que
apenas reverdecía
sobre sus propios desechos;
en las frases
lastimeras
que los hombres, con dolor,
arrancábanle al recuerdo,
porque
el recuerdo es perenne
en el ser del campesino.
Yo nací entre
casas viejas:
casas de piedra sembradas
a lo largo del camino,
sobre una tierra cansada
por el pisar de los siglos;
y es que... Es
tan vieja la tierra
donde mora el campesino!
Y viví toda mi
infancia
entre vetustas paredes
entre el chirriar de las puertas
unido al crujir doliente
de un ya cansado entrepiso.
Humilde casa, es
la casa,
donde mora el campesino!
Mi escuela, cuando tuve edad,
o, tal vez, un poco antes,
fue la escuela de aquel tiempo
en cualquier
pequeña aldea:
una casa de las tantas,
de aquellas casas de piedra;
tan vieja como el propio hogar,
tan
humilde como aquella
Porque, también es humilde
la escuela del
campesino!
pero más humilde aún
es lo que, en ella, se
enseña.
Y fui feliz en mi infancia:
tan feliz como cualquiera
pudo ser en la ciudad,
teniendo menos, a veces,
y, a veces, teniendo más
porque, para el campesino,
lo poco que tiene, es todo;
el hijo del
campesino,
es fácil de contentar!
Yo crecí entre la
arboleda,
correteando reptiles:
moradores de las piedras;
y entre
la edad de esas piedras
y el aullido de los robles,
llevé
mis primeros golpes:
mis enseñanzas primeras.
Yo crecí
inventando sueños:
los pinos eran gigantes y yo
el bravo
navegante:
un Ulises arrancado
de las páginas en blanco
de
una ignorada odisea;
otras veces, un dragón,
hacía de
la culebra
que asomaba, tras la piedra,
mostrándome su calvicie
-o su invisible cabellera-
y, en tales juegos, yo era,
un Quijote
decidido,
un Lancelot extraído
de alguna vieja novela;
o,
más bien, de algún relato
oído en cualquier rincón
de aquella pequeña aldea,
contado por un chiquillo,
tal vez, de
mayor edad
y que, por tal condición,
estudiaba en otra escuela.
Yo
crecí inventando sueños,
solitario por los montes,
por
la tortuosa vereda;
oyendo el cantar del grillo,
admirando al
pajarillo,
conversando con las piedras
que alfombraban el camino
desde la villa a la aldea.
Mi primera compañera,
recuerdo,
fue Scherezade:
la princesa de unos cuentos
que mi abuelo relataba
a la hora de la cena,
amparados por los leños,
contra el frío
de la noche,
que ardían en un fogón
bajo negra chimenea.
Aún
existe aquella casa.
Aún existe aquel fogón
y, también, la chimenea
mas, no existe Scherezade,
la
encantadora princesa:
mi primera compañera;
ni existe más aquel hombre
que, con sus diarios relatos,
ante mi, vida le diera.
Qué
desencanto el del niño
que descubre a su princesa
entre las
hojas de un libro!
El primer amor de infancia,
no era más que
un simple cuento
Dios sabe por quién escrito!
y... Qué más
podría amar,
en el nacer de su infancia,
el nieto de un
campesino?
Yo crecí inventando sueños
con mi andar
sobre la tierra;
sobre el polvo del camino,
entre el maíz y la
hierba,
entre los campos sembrados,
los montes y los pinares
que
el viento arrulla
con voz queda y lastimera.
Fue allí, entre
la paz de los montes,
donde conocí el otoño
y descubrí
la primavera.
La vida es tiempo mas,
el tiempo, con ella juega.
Y,
entre vida y tiempo,
entre otoño y primavera,
amaneció
en los deseos
y anocheció en la quimera.
(1983)
José L. Dasilva N (E-mail: jldasilva@arrakis.es)
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