Entre el hotel y la catedral, la ciudad discurre por una pronunciada
pendiente.
El, hacía aquel camino a media tarde, sin perder de vista ni la
distancia recorrida ni los cambios de dirección. Lo primero, porque a
medida que desciendes aumenta la pendiente a recorrer cuesta arriba para el
regreso. Caminar dos kilómetros cuesta abajo, es fácil;
desandarlos cuesta arriba, no lo es tanto. Lo segundo, porque no quería
perderse. Siempre podría preguntar, de ser el caso; pero, preguntar
equivalía a decir "soy turista" y aún cuando lo gritaba
a todos los vientos con su manera de vestir y caminar, no quería que
nadie se diera cuenta. Caminaba con un pensamiento fijo, como si cada tarde -y
aquellos paseos tuvieran tal finalidad- buscara la respuesta a la misma
pregunta: "¿por qué me aceptó, si no era lo que
quería?".
Me encontré con él algunos días atrás, por
efecto de una de esas casualidades que hacen coincidir a dos personas en tiempo
y espacio. Ya el cabello no le cubre las orejas como entonces, y el negro
uniforme de otro tiempo se convirtió en un ceniza más bien claro
con breves destellos del color original. No hablamos demasiado; lo suficiente,
sin embargo, para saber que 24 años después, sigue caminando a
cuestas -ahora por otras calles- con la misma pregunta: "¿por qué
me aceptó, si no era lo que quería?".