I
revivo el fragmento tecnológico, inerme sufre sobre mis toros
lidios la soledad, luego del sexo en un cuarto azul. mi vista recupera poco a
poco su ansiedad griega en un pozo sanguinolento de carnes sabanícolas
que en desacuerdo huyen de dios; esa carcaza maniquea o a la vez imprecisa férula
exquisitante.
maquino hoyos a Rimbaud.
II
asceta miré los brazos plagiar cantares a los cielos, cemento apolíneo
se derrite ante su presencia de humos, aborígenes, inciertos
esos
brazos -¡allá van! -dije -¡se les escapan efímeras
nubes -barbas de dioses- a través de los huecos de bloques infernales! ¡resisto!
las nubes se fueron turbando cantares de hombres, en caparazones de
gatos muertos, con vida aliciente y en piedras motoras. escuché esa mañana
a Zarathustra decir que el Zend Avesta apestaba a los huecos mitológicos
de la perdición.
nunca le entendí bien, por supuesto que menos ahora.
III
mesiánicos ruidos aturden mis narices experimentadas en las manos
de rugientes mujeres-locura; amo extraerles gritos capríneos en medio de
la luz de lo oscuro, que canta mil veces mi ritmo sincero de inocente campo de
ubres.
sentado en las camas de 31.000 Monterrosos hediondos, de rayadas gavetas y
baños vítreos, hallaré los amores de puerto, sin barcos ni
uniformes bonitos que madres envían rellenos de carne a las bocas mismas
de Sirte.
IV
me cansé de pisar -atado de huesos sintientes- los mismos barros,
los mismos clavos de tu cruz, poeta, siendo así que algunas veces
temí ser el demonio de los pobres, cuando perduran en el aire las
extensiones de mi efluvio. creí por un momento que fui el insecto
que se comió la triste mirada de Kafka; realmente fue aquella
vez que me fui por los despeñaderos, para meditar mi vuelta a
ese lugar de llamas donde la fiesta de los milenios hierve como la canícula.
supe por un momento a dónde debía ir, pero decidí
quedarme solo, pensando un segundo regreso a este infierno, donde la
vida es sólo el recuerdo de un demonio que medita solitario en un
despeñadero.
V
trajinando los modelos, caminando las calles del olvido, triste me
cobijan las gotas del llanto maligno del ángel. por mí
compasión nadie sintió en el fondo de los muladares: son fríos
que calientan nuevas esperanzas de vida.
llevo los pies revestidos de piel ¡oh! ¡esa piel! y el barro
agudo, metido en la vena que atraviesa de largo mi muslo. sigo en esta
vía de vidas grises, sigue llorando ese ángel; sus lágrimas
enfrentan amoríos con los postes, los cables, las lámparas,
que sonríen su luz y pareciera se alegraran con mis penas.
antes solía ser torre, a mi base atracaban severos barcos
sensuales, blasonaban allí fehacientes sus mitos y acudían
miles de aromas
uno se quedó ayer en el puerto: alisté
mis cañones y lo elevé -¡35 mil pies de altura!-
para luego dejarlo caer en el Orco vecino de mis penas.
VI
¡excomulgado soy! ¡de los campos soy fugitivo! una santa
inquisición me persigue en mis remansos, en mis imaginarios
desiertos, en mis selvas secas, en mis piernas que sudan al correr en pos
del demiurgo. cuando era niño fui feliz en el seno de los bloques
rojos; eran sangre los hirsutos hoyuelos en donde moraba una araña
que alimentaba con mis ocios. ¡hurgaba en las gavetas por vida!
necesario era que alimentara a mi araña; a la araña de todos,
a la araña del mundo.
la noche vistió esos campos semejando el cráneo desnudo
de un dios milenario.
VII
los perros sonríen dentadura gris con señas verdes. empiezo
a sentir que me destrozan la carne -reviso mis entrañas- mientras la
lluvia golpea el adusto techo de mi casa. las murallas, mis murallas, están
tan débiles; me apartan de ese mundo que se moja oscuro, nulo. llueve más
fuerte.
empiezo a sentir piedad por las hormigas; dentro de mí una ciudad
de lujuria en llamas azules. un templo. mi dios. yo.
VIII
-¡moribundo! -dijo. -¡tápalo con glorias! -exclamé.
aún vestía la injuria de su vida, y reía y gemía
y latía su mierda en las manos de Príapo.
XIX
me sueño en los urinarios de tu mente olvido
recuperarme sucio me sueño
X
yaces los sueños, -juguete místico- ¿extrañas
tu nocturnidad? eres la voluble cruz de los desdentados, cuando
los perros orinan titánicas luchas.
XI
la noche
la odio, odio la noche
es como una araña sofista
que asoma sus patas fuera de los autos y sostiene paradigmas, y
te hieren con candelabros de huesos
y los días, poemas transmodernos llenos de cortaúñas
infectados, agujas silentes, hipodérmicas, alegres prostíbulos
de sumisión cotidiana.
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