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| De POEMAS DE LA TIERRA Y LA MEMORIA Ed. Stephen Bloom, Buenos Aires, 1980. DEL UTERO A LA TUMBA UN SUEÑO TE LLEVARA Del útero a la tumba un sueño te llevará, desnudo, el escarpín y la mortaja hechos de la misma .........seda. Un sueño con mejillas de pétalos que martillea en tu .........mente, un beso helado, un golpe en la nuca dado por un desconocido con guanteletes de hierro, sonando tras tu puerta en el cerrojo. Fantasma de metal tu cuerpo, desde los cortos pantalones al bastón del viejo transitado por extranjeros que se acercan a escrutar .........tus vísceras y las señales del cielo con sus dedos de muerte, verás asombrado cómo la cuchara colmada deposita por igual besos y mordiscos en tu alma .........cóncava. Del útero a la tumba, clavado a la tierra que sólo se abre dos veces, tus ojos noviando con las fotografías verán al niño libre de pecado y cicatrices, diáfano, aunque su llanto presienta y al hierro del amor marcándote la ingle y al molino del olvido girando, por un viento de huesos. Del útero a la tumba un sueño te llevará, las riendas hechas trizas en ese torbellino, en dos segundos de setenta años, sólo una muesca, en un reloj enorme. ALGO FLUYE, CUANDO YA NADA SE AGITA Algo fluye cuando ya nada se agita. Y su paso inadvertido por las tinieblas que duermen .........con nosotros trocará en una luz exasperada cuanto de ciega tiene .........la miseria. Desde el fondo, pozo o pantano de números, donde hostigados por el mundo y sus miles de cabezas caímos quince lenguas dentro de la carne, algo que sólo puede tocarse munido de los guantes de .........la desesperación, algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita. Obliga al dolorido músculo del corazón y al cerrado hueso de la mente a comer y beber, aún dentro de sus celdas. Es una fuerza que nos lleva rudamente de la mano e inventa un camino de color insólito, por donde huimos desnudos de los ciegos. Obediente, ella agitará los párpados de los muertos y hará huir a la moscaóheraldo, que espera paciente, .........colgada de la gula. Colgará de nuevo el sol, cuando la luna caiga. Podremos verla latir en medio de nuestras negras .........sombras, aún cuando boquiabiertos, observemos día a día pasar nuestros propios funerales. Algo fluye cuando ya nada se agita. Por su gracia habrá fruto en las flores marchitas (su magia gruñirá en la vértebra) lanzará por el aire ancianos y guadañas con pasos de .........diluvio; nuestras jóvenes canas se ennegrecen, ante el silbato de plata besado a último momento con manos temblorosas que arrojan al viento de los .........lechos. Y cuando nuestros pálidos huesos den fuerza y vigor a las margaritas, aún palpitarán desde la tumba. Porque algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita. DAME UNA MENTIRA ENORME Dame una mentira enorme, que haga temblar los .........pulsos de la edad con su pisada grave y significativa, que espante de mí los pájaros negros y los gusanos que cosecho sin proponérmelo en la dársena del miedo y se las arregle para hacerme creer que el hombre .........puede salir de sí, ser uno con la mujer y amarla sin destruirse. Algo que dure un momento y venga de tus labios, para que yo me esconda y los altivos y los necios .........no me vean. Detrás de esos frágiles decorados vivirá feliz y .........pequeñito, lejos del tedio y de los ojos que escrutan en la noche. Sin miedo al silencio y a las fieras, luego que la mentira fuese pronunciada, como por un hechizo efímero correrían los talones del .........infortunio y ni él, ni la miseria, pescarían ya nada en mis sentidos .........embotados. La angustia del hombre ardería como bruja-fénix y estos ojos y estas pobres manos que rezan sin llegar al rabo de Dios en las alturas, arrojarían al suelo, deshecho, el viejo corazón de la amargura, contentos en su careta nueva. Dame una mentira enorme, que haga girar al revés el tiempo en los relojes y arrúllame en ella, hasta que en mis labios aparezca la helada sonrisa del idiota. De MITOLOGIAS/LA BALADA DE LA MUJER PERDIDA Ediciones Ultimo Reino, Buenos Aires, 1983 LOS MIEDOS ah los terrores que nos visitan de noche que no se ocultan del día los que no inspira ninguna cosa grande ningún desconocido continente pisado recién el borde ni tampoco un leal enemigo francamente buscado en una tapia ni el asombroso eclipse que deja el mediodía en sombra ni un terrible Señor de los Ejércitos en desiertos abrasados por el sol de los pueblos aventureros ah los miedos los pequeños miedos de pequeños hombres no los miedos que eran a su modo honra de un animal desnudo en la enorme extensión de cosas que no tenían nombre no a estar solo y de pie entre un inmenso campo y un inmenso cielo no a la sombra adornada de ojos fosforescentes a la muerte de noche entre los dientes del animal más bello de la tierra una muerte de hombre no a la caída propiciada por el rayo al torrente al alud al fuego de la tierra ni al otro fuego prometido debajo de la tierra ah los miedos que no origina un dios terrible salido de la foresta ni un pariente medieval con su cohorte de brujas y de fetos no el sudor frío frente a frente espada contra espada flecha contra winchester dardo contra lanza ha cambiado la muerte de palabras no es la certeza de una lluvia ardiente ni el pronóstico que un insecto lleva entre raíces al fin también una buena causa como la antigua peste ah los miedos que tú conoces y que son los míos exactamente ésos no se ocultan debajo de la cama no precisan el crujir de la madera el aullido de nada pueblan nuestros sueños de rostros y de notas ellos duermen y caminan con nosotros beben se alimentan vuelven siempre. De BEHERING Y OTROS POEMAS Ed. Filofalsía, Buenos Aires, 1985. Ed. Cuadernillos del Zopilote, México D.F., 1993 BEHERING En cada uno de ellos era muchos un hombre. Eran más todavía. Traían la industria de las armas y el reno rojo, como un bosque ondulante y detrás el lobo que, en un mañana ya añejo, sería el perro de la hoguera y de las sobras, el sirviente blanco. Eran muchos, no un hombre. Vagos sus nombres se referían al viento y a los tótems, a un hecho que pasó en un nacimiento, el deshielo que ahogó o el meteoro fugaz que ardió en la tundra o la muchacha audaz que en mar abierto, salvó a su hijo de la cólera brutal de la ballena. Sus dioses eran el salmón que cada año retorna como el año y que va al mar y el oso pardo, una montaña que muge y que el filo de lanza abate, y el pesado bisonte y el tigre rayado, que se quedó en Siberia y que la manta del navajo evoca: extranjeros, ellos serían América, la múltiple figura que no supo Balboa y que Pizarro abandonó a la imaginación de un franciscano. De hueso, no de madera y de noche serían sus dioses ni de la piedra que labran los pueblos de una tierra supuesta, entre la niebla de sus transmigraciones. Eran crueles y antiguos como el Asia; fundarían imperios en la aurora y en México, reinos en Bolivia, fortalezas donde un signo inequívoco mostrara la voluntad de estos dioses: un águila en el aire arrebatando la serpiente, un árbol singular, como un recuerdo de las llanuras heladas y el Mar Blanco, que ya sólo evocaban los viejos moribundos y el Sueóo, que es eterno. Alzarían Tenochtitlán, el Cuzco y el enigma silencioso, Tiahuanaco, en la isla de Pascua graves rostros que contemplan todavía su gran marcha; otros, sin embargo, volverían al corazón de las selvas y al olvido, como los muertos al pasado, al país de la cuna y de las tumbas. Mañana, todavía, aún faltaba, nuevos extranjeros alzarían ferrocarriles, calles, edificios, calendarios regidos por el sol y no la luna, venidos de otros Beherings y otras fechas, en nuestras claras ciudades, oh ingenuas tierras, seremos siempre dobles: uno solo y muchos, hombres de ninguna parte. De GUERRA, EPITAFIOS Y CONVERSACIONES Editorial Filofalsía, Buenos Aires, 1989. LAO-TSE PREPARA UNA SENTENCIA Nada de lo que diga Puede desviar la caída de una hoja. Una palabra no Frenará la otra. Es inútil que a éstos Que me escuchan dedique Una verdad: la harán pedazos. De sus pedazos nacerá Lao-Tsé. De FRACTAL Ediciones Correo Latino, Buenos Aires, 1992 LOS OJOS DE RIMBAUD Azules, de bárbaro. Hoy cantan para ti los suaves trinos y en el taller literario adelgaza la voz el papagayo: conmovida endulza las Grandes Miradas su lección de confitero. De este lado rezamos por ti hincados ante un lobo: que la bella ciencia es una habitación que da a lo oscuro y el hombre, ese acertado inconstante, es apenas unos pocos pasos que por ella van y vienen. Hoy que las profesoras de letras olvidaron todo lo que saben de ti los presidiarios y el vago que, a riesgo de ser aplstado por los automóviles, detiene la metáfora de su paso por recoger el milagro de una hoja, sin alcanzar a explicárselo; hoy que apenas los escensoristas se levantan de entre los demás, hoy que esta loca materia aparece ahogada y vencida, como lo estuvo siempre, como va a estarlo siempre, flotando sobre las aguas de los números; hoy que en tus selvas vírgenes arraigaron los casinos y suena música disco en todas las Africas tonantes, hoy que en la calle 88 y Broadway una horrible fulana te pasea impreso en su remera, sonriente con toda la Gloria Americana, hoy que encuadernado en cuero y con letras doradas te exhiben los dentistas en sus huecas bibliotecas y te honran a su modo, repartiendo venenos por las calles del mundo los ágiles traficantes, hoy que caen los muros y todas las posteridades se desploman, hoy que la Historia, esa vieja enemiga, se ríe de nosotros diciendo que no existe, como en tu tiempo repetía el Diablo; hoy que los blandos músculos de los diputados pueden arrojar al mar, si quieren, a miles de forzudos extranjeros, hoy que la tímida democracia probó ser más efectiva que los reyes, hoy que todos por fin somos buenos y alza su copa radiante el rosado, negro, amarillo y cobrizo banquete de la vida, más allá de los caritativos grupos que intentan el soneto, a través de las bibliotecas barridas por el polvo y las secretarias, sin dactilografía ni voz ni esperanza ni objeto, cruzan las geografías dos luces gruesas y potentes anillando la Tierra. No por el símbolo sino por la mirada eres como el dios de plástico que cuelga de su pared el asustado, para que esos Ojos le sigan por la casa. Para nosotros los mínimos, para nosotros los pocos, para nosotros los débiles, que sólo queremos estar ociosos, tus párpados están siempre abiertos, hermano desdeñoso, Jesucristo el Terrible, hoy que es una verguenza tener hambre siguen mirando lo mismo tus fanales salvajes. De EL PASADO Y LAS VISPERAS Ediciones Aleph /Universidad de los Andes, Venezuela, 1995. CESAR VALLEJO Por los corredores de la imaginación ir caminando, libre y solo para siempre, como cuando era y no sabía que era un niño, hasta olvidar que estoy imaginando. Que esta carne pesada, que orina y suda, en una o dos ideas se resuma o vuelva bien atrás, a esa casi nada que casi nada ve en su cielo nublado. Devuélveme al chimpancé o hazme sólo literatura, mas no me dejes la condición de hombre. Esto que todo lo pesa en mí afuera no pesa nada. DE LO QUE HUYE Pensar que Spinoza murió puliendo lentes. Que Blake se fatigaba en una imprenta esperando la conversación de ese día con los ángeles. Que por vivir Baudelaire se humillaba ante su madre. Que Rimbaud fue silenciado por Rimbaud, para que este ingenuo me hable de la literatura. Como si posible fuera otra cosa que inventar ante otros la forma de lo informe y cobrar un salario. Qué persuadido está de lo improbable. Esas palabras han erigido congresos y simposios y prestigios y famas quizá más perdurables. Y en el centro, el errante, de esta cosa mundana, ese brillo salvaje que por disfraz, por burlarse o por escapar aun más del terco intento, ha inventado también estas criaturas, seguro ríe en alguno desde el fondo de la sala. O mira con piedad su simulacro. De LA YEGUA DE LA NOCHE Ed. Del Castillo Editores, Santiago de Chile, 2001 ESTA MAÑANA ESCRIBI DOS POEMAS Esta mañana escribí dos poemas. No me pregunto ya por el sentido que tiene o no tiene este oficio oscuro. Simplemente es otra manera, posible, de estar vivo. Me pregunto por el origen de esas dos cosas que ahora están sobre la mesa, no exactamente hechas de papel y de pigmentos. Por los hombres que lo han dicho mejor y hoy están muertos. Por los siglos de guerras y de paces que entre las palabras han corrido. Me pregunto los nombres y el semblante del que en otra parte del globo ha dejado sobre su mesa otras dos cosas iguales y que duda también de mi existencia. Me pregunto por los miles de días y de noches que han debido transcurrir para que hiciéramos esto. Por los cientos de personas que han donado los versos. Me pregunto por qué, hace un rato, se ha modificado dos veces este mundo. |
Luis Benítez
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