| | la autora | |
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La fuente (a Abel Posse) Agua dormida y sola no regada agua escondida, resguardada, dulce, cuerpo sin forma, pez que te resbalas. Agua que de tí misma te alimentas matriz, pupila, llama, plata líquida sólo por amor rebasada. (Yo era la hoja polvorienta lavada por la lluvia. El viento convertía mis huesos en un arpa, y descubrí la fuente, muy adentro.) Agua dormida y sola que en mí vives. Naufragué para siempre en tu lago llameante en tu seno de hielo. La voz del agua en Compostela (a Pierre Marcombe) Fina es la voz del agua en Compostela. Llueve un agua levísima sobre la piedra gris sobre la negra fuente ensimismada. Cuenta la lluvia historias de peregrinos que durmieron cansados bajo los fríos soportales. Canta la lluvia una canción de amigo para el muchacho que se va lejos hacia las rías, a la guerra. Dice el agua que es suya esta ciudad antigua que son suyos los atrios acariciados las columnas la plaza en que la tarde bellamente reposa. Me dice Rosalía: Chove miudiño. Llueve en Santiago y lloran suavemente las gárgolas. Las campanadas miden un tiempo sin relojes. Del agua danzante (a Fray Domingo Renaudiêre de Paulis) (Como el sol te entregabas a la vida: de tu cuerpo nacían seres nuevos con cabellos de miel) Corazón de agua ..... cantante en tu vocación de vidamuerte. Quién dirá con su lengua tu luz de abismo tu felicidad de otro mundo tu canto de entresueño. Agua pura y huyente que alcanza las orillas de blancos cementerios donde rezan oscuros los cipreses. Agua-palabra, gracia cristalina, lava mi frente fatigada. Agua lejana y jubilosa, danzante entre las viñas. Agua adolescente de espumas plena de sí, riente, hecha de la sonrisa de un niño agua que se deshacía por amor como un rosario de perlas. Aguas bravías (A Marta Zamarripa) Otras aguas me vienen a los ojos. Son las aguas violentas del Paraná, fuertes, verdes de selva, cargadas de resinas, aguas que arrastran troncos, rojas flores, bestias dormidas, coronas, osamentas, astros caídos. Ví las aguas bravías del Paraná castigando coléricas la casa del hombre. Vi sus brazos alzando los troncos del sauzal, allá, en Colastiné, donde sueñan salvajes las cañas bravas. Aguas del furor y la pasión, aguas sombrías despeñándose desde un negro centro, esquivas, melancólicas, destrenzándose solas en las orillas, aquietándose lentas, cansadas, envejecidas. Aguas del Paraná, dolientes, lamiendo el costado de Santa Fe, la antigua. Aguas de amor y desamor, aguas de trágico desencuentro. Río que nunca vuelves al origen amado. Agua de azogue (a Hanna Houskowá) Agua sinuosa y verde del Vildava lenta, sombría, luminosa, sola. Agua de azogue, densa de misterios, detenida en la negra madera de los molinos. Miro tus cisnes irreales sobre el mercurio tembloroso de lluvia. Tus cisnes negros, blancos, custodiando el secreto silencioso del tiempo. Agua majestuosa del Vildava cruzada de puentes, de peregrinos. Puente Carlos, lugar sagrado, templo a la intemperie. Volveré a esta ciudad que está en mi vida para encontrar la llave, las puertas del castillo. Puertas del mar (a Héctor Villanueva) Mar abierto, redondo como el cielo, pórtico de la muerte muertemar. Mar de vida que engendras la pureza del nácar matriz del tiempo cuna de corales. Mar donde se destruyen los cuerpos y los tronos mar biforme, cerúleo, llano de infinitud. Mar de puertas abiertas suelo sin lápidas donde los marineros descansan entre rosas. Seno materno cueva de pórfido sagrado, origen, perla, tierra, templo ................ puerto ...................... llegada. |
La mirada del poeta (fragmento)
Partiendo de evidencias existenciales, que le muestran a un tiempo la insondabilidad y progresiva entrega del misterio real,el poeta se siente llamado a la receptividad y la donación de sentido. Despliega una "atención" sobre su entorno y su propia corporalidad, que le permite descubrir a un tiempo su yo y el mundo que lo rodea. Su afectividad le permite ahondar experiencias sensitivas para las cuales se halla especialmente dotado, y reconocer su significatividad.
Si el hombre puede ser definido como el ser que comprende, el poeta es aquel que contempla y crea para comprender. Su atención a la realidad pone en marcha todas sus facultades: sensibilidad, afectividad, memoria,fantasía creadora,intuición simbólica, intelecto, reflexión. Un mundo de formas y valores sensibles se ofrece a la mirada del poeta, esa mirada inaugural para la cual el mundo es siempre algo nuevo, un hoy virgen y bello, como decía Stephane Mallarmé. Es necesaria la mirada inocente del niño para captar emocionalmente la significatividad de las formas y percibir a través de ellas su relacionamiento oculto.
En nuestra perspectiva, el acto poético remite a la experiencia mística, que fusiona al yo con su causa última.Su meta es la conversión del yo que conoce en yo trascendental. Bien lo vio Novalis, revalidando lo afirmado por larga cadena de poetas."La misión del poeta es apoderarse del sujeto trascendental."
OSCAR PORTELA, UN CLAMOR EN EL DESIERTO
(Acerca del libro Claroscuro de Oscar Portela, Corrientes, Subsecretaría de Cultura, 2005.)En la desmemoriada y decaída cultura argentina surgen todavía algunas voces que dan cuenta de lo mejor de nosotros. Y esas voces no son las de figuras repetidas en las pantallas, las escasas revistas, o las páginas de los más prestigiosos suplementos de los diarios, por el contrario vienen de rincones distintos del país, y a menudo carecen de la debida repercusión en las grandes ciudades.Entre ellas destaco la del poeta correntino Oscar Portela, voz escondida y silenciada, hace tiempo recluida entre los palmerales y las aguas de su provincia natal. Esa voz, a pesar de todo, se deja oir contra la estulticia y la barbarie de este tiempo atroz, en esporádicas publicaciones provinciales.
La poesía de Oscar Portela es intensa, esencial, reveladora. No recoge el ruido de las calles ni la pasajera atracción de la feria bulliciosa; nace de la interioridad profunda del hombre, esa interioridad que se relaciona con el destino y lo sagrado.
Por eso su decir toma el aire del canto, del llanto, de la elegía. Se lanza en versículos entrecortados, de ritmo irregular pero sin embargo fiel a una música interna, para decir la angustia de estar vivo, la trágica certidumbre del tiempo, los vislumbres de la eternidad. El combate con el Ángel, configurado en uno de sus poemas, es la instancia decisiva que ha marcado al poeta con una iniciación indeleble. Desde allí le es irrenunciable recordar a vivos y muertos, proclamar la orfandad de la criatura humana, reconocer la fuerza augural de su propio canto.
Portela se mueve en un mundo donde toda cosa visible se desmorona; persigue, sin embargo, el rastro de lo permanente. Sabe que su misión es la fidelidad a ese rastro, que se manifiesta en el mundo y más allá de él, en su palabra. Está destinado a auscultar incesantemente su propio corazón para ofrendarlo en las aras del sacrificio. Dotado de una lucidez espectral, se reconoce como oficiante en un final de época que tiene visos de catástrofe.
La palabra de Oscar Portela se eleva como una salvaje plegaria, mezclada de blasfemia, para decirnos el despojo y la destrucción que se inician en su propio cuerpo . Construye un arca para la salvación del mundo, como lo proponía el cristiano Dostoievsky. Intenta nombrar los restos del naufragio, tender el exorcismo de la memoria para impedir que el viento final arrase con lo que queda de humanidad sobre la tierra. Tal el contenido de estos poemas que nos avasallan y acongojan, pero también nos iluminan.
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