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Hijo de hombre, no lo puedes decir, ni adivinar, pues
conoces sólo un montón de imágenes rotas
T. S. Eliot
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con el invierno las casas están más cerradas él
corre a toda velocidad desde la cocina hasta el alambrado que separa la
casa del refugio de los patos mientras tira piedras en el agua inmóvil
y lejos abro los brazos y lo llamo salimos a la calle los
brazos abiertos como aviones ahora pájaros ahora tigres
dinosaurios árboles de ramas elásticas y raíces
como hebras que nos multiplican él es hermoso y sin respuestas
sin embargo conoce cada manera inquieta de transferir el silencio
en esta calle de tu país de ruidos controlados no hay verbos
de decir visiones con puentes inconexos es una repetición
la ausencia de preguntas la costumbre de ordenarnos y ordenarnos
cuando advierte tu presencia devora la imagen las nubes pasan cada
vez más lentas el viento embolsa las cortinas como una dignidad
yo te veo entrar abrir la puerta con tu hijo calzado en la cintura
cantando las canciones que no querías cantar con una lucidez
demoledora
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me asusta la precisión de este país los días
programados para el huracán nos detenemos en una calle empinada
entre los edificios es la estación de las lluvias decís
dos horas cada tarde hay un tejido regular en el asfalto: ráfagas
y velocidad después el estallido la sangre entre las nubes
grises está todo bien decís y hablamos de
la comida de la noche y las piedras del Paleozoico
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ahora llueve en San José vos y yo estudiamos las gotas en la
superficie de los charcos las vemos abrirse y desaparecer somos
habladas no hablantes palabras como multitudes detrás de unas hojas
enormes bocas que se agrandan hasta el largo grito el chico sale de
la mano de su padre hacia la lluvia pedimos otra cerveza mientras
juntamos las migas de la vuelta anterior en una servilleta limpia y húmeda
también nosotras nos miramos somos cuatro en esta verdad con
que sustituimos realidades cuatro para las manos que se agitan el
cuerpo que se estrella como un pájaro en los vidrios dobles
de la camioneta cuatro descendiendo el oro profundo de los charcos
algo se expresa aquí afuera en tu lengua o en la mía ni
el miedo ni la certeza se prolongan
para Luz para Iñaki
Poemas del tren
A Laura Calvo
I
Cada vez creo menos en el decir, dijo alguien. Los colores empezaron a
cambiar en algún punto del camino y desde aquí, desde este ángulo
del camarote, desde la ventanilla empañada de gotas siempre externas, veo
una lámina de humo, una alameda con hojas secas y un puente de piedra
que cubre la huella pegoteada sobre el pasto. También hay cipreses
y arbustos innombrables (siempre reniego de mi memoria nominal) La
tierra se ha plegado - creo que hace ya varios siglos- y el tren, este tren del
que soy pasajera casi involuntaria, resbala en los durmientes y las vías
de acceso como tantos vehículos posibles.
Ahora el agua. Importante el momento del agua en la Patagonia
Argentina.
También se han iniciado los cables. Tensos, rígidos,
contradictorios, engendrados entre postes y resortes, en paredes de
hierro con dinamita de lo que no se puede decir.
Ahora ya no quiero mirar.
II
Una luz helada sobrevive, ronca, grita, se diluye, habla de lo que
hay ahora: el cielo acuchillado, la miel en los durmientes, la agonía
serena de un rayo sobre la montaña. Habla de la estúpida
cara de la luna, de un aire con aceite donde los pájaros no hacen más
que resbalar, la inconsistencia del fruto (esta manía de los árboles
de brotar en primavera)
El tren se ha detenido - la tarde es una mezcla de escombros y de viento- y
un chico escuálido se balancea boca abajo en una rama, cerca de la
hembra con cría. La manada camina, trota, con dificultosa lentitud.
Hemos dejado atrás los vagones, la escritura, el reflejo interminable del
plástico sobre las preguntas. Caminamos, corremos, con dificultosa
lentitud; el chico escuálido se traga los escombros boca abajo, lame la
inconsistencia del fruto, la estúpida cara de la luna; no hace más
que resbalar en el aceite, no hace más que arrancar piedras desde las
tripas de la hembra.
Se ha violado a la mentira.
Signos geológicos anuncian posiciones absolutas.
El tren recupera movimiento - la noche es un páramo de voces y de
hielo- y el chico escuálido que traga los escombros levanta la luna con
la mano, la guarda boca abajo en el aceite, y escribo.
Recortes de nadie
I
Voy deshabitando una casa. Flota con paredes de humo porque no puede más
que humo y que flotar, hay un saber en los biseles, una memoria
que alumbra los trayectos con el último fósforo.
Voy deshabitando mi presencia dentro de la casa. Flota con sus huesos
de amianto porque no sabe más que amianto y que flotar.
Hay un saber en los ladrillos, una memoria que respira sonidos desde lo
que ya no hay modo de inventar.
Voy deshabitando la escalera que alfombra la casa, no precisamente
porque flote, se sabe que las escaleras están hechas para otras
cosas.
Hay un niño sobre la escalera, un saber que no admite
falso testimonio, una memoria con manos.
Voy deshabitando las puertas de la casa: las decisiones han copulado
con el gesto inútil, hay un saber, una memoria en de las
cerraduras.
II
Los rincones muerden esta noche. Son recortes de nadie gastando las
cervicales piedra por piedra.
La araña se irrita en su tela. No teje la pobre, cose, desde de
esta geometría lenta, con patas atadas a la sintaxis.
Tiene nudos en las manos, pretéritos, desiertos que cepillan
contrapuntos como teclas que se achican en palabras,
y disecciones, y una caparazón blanda y blanca, y la tinta
aplastada contra el vidrio, y una madera con ojos sobre la biblioteca.
Piedra por piedra las manos son recortes que se gastan en sintaxis.
Piedra por piedra las patas son pretéritos, contrapuntos, el
vidrio en la tinta del desierto.
Piedra por piedra los ojos abren voces sobre la
biblioteca.
III
En la sexta ventana un golfo de soles recién inclinados, con
huellas de soles recién inclinados.
En la sexta ventana un globo de arena, el útero a punto de
masticar la tierra.
En la sexta ventana la fragua, el humo, una escuadra de insectos a lomo de
insecto en las astillas de todos los huecos de todos los huesos de aquel
hombre.
En la sexta ventana, una vez cada tanto, otra fragua y otro
humo, pero naciendo.
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