| | El Autor | |
Selección de textos del libro Mundo crudo: Patagonia satori Ed. Limón, 2005
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COPIA FIEL No fueron suficientes las piedras que recogí para marcar este territorio. Además, la madera que señalaste guardar para el fuego nunca calentó el hogar y la cama continuó tan blanca y abierta como hasta ahora. Todo este trabajo fue en vano porque los días continuaron envejeciendo en sí mismos. Pero lo que resultó verdaderamente inútil fue el animal que me ordenaste domesticar: esta bruta representación que come de mí para alimentarte cada noche. Después de la luna comienzo a dar vueltas en redondo y golpeo ceremonialmente el lomo contra los bordes. Así voy al apetito de mi memoria donde hay un día idéntico a éste, un día con un tipo contando las piedras apiladas junto a la leña, al mismo tiempo que acaricia a un animal cuarentón que habla raro y que dice resultarle familiar tu voz cuando te escucha. HORA DEPUESTA Una aproximación a la verdad es el pollo que gotea colgado de las patas. Más abajo, el batir del agua caliente contornea el vapor que trepa entre espirales blancuzcos para que la crudeza del ave se empape a razón de una desprolija combustión que ha comenzado a dorar su espíritu. A unos pasos de allí, la cocción despiadada de muslos y pechugas no perturba ese otro vapor que emanan nuestras carnes desnudas. Más tarde, consumido el trámite de almuerzo y mutua devoración, queda una certeza que demora el ánimo de las partes cuando el entorno adormece el aroma de las luces. Ver el fuego apagado, ver los huesos molidos en la basura y ver la cama revuelta bajo tu cuerpo es una provocación a la desmesura de lo efímero, a lo poco que puede tentar una verdad cuando lo doméstico se resume en la volátil ceniza del mundo y nuestra existencia es como esa última gota de grasa que cae sobre el carbón, como esa última gota de tiempo que nutre la espera y hace de la distancia una mentira posible. LUZ NEGRA Como nudos trenzados por los dedos de sus manos, con el aire abocanado en un beso que se fija cada vez más en el vaivén que acompañan los cuerpos durante una tarde húmeda, la pareja arruga la ropa de cama hasta batirla por los pies. Cae el acolchado arrastrando los vasos de la mesita. Los golpes de vientre colman de crujidos la cabecera de cedro contra la pared. Monta la hembra y su cabello es una nube turbia que goza en el ondular caliente de la entrega. Se amarra a los lados y se hunde en una brutal aceleración de la carne, la que entra a buscar la gloria de una muerte conjunta; la que habrá de extasiarlos hasta la perplejidad más absoluta. Empujan salvajemente. Cae la lámpara. Astilla el jarrón. Arde en alaridos la voz de una súplica que los arroja al suelo. Él sobre ella y los muros acaban. El techo se viene entero y el panorama se desata en un torrente de restos mínimos, en una desolación polvosa del silencio que cabe en la boca de ella: abierta, ahogada, vacía, como la pausa que expande la luz después del final. VUELO ABIERTO La mecánica natural del alma hace que las pequeñas miserias se conviertan en el riego natural del ojo. Gota a gota trabaja la tristeza mientras el llanto activa cada parte, cada minucia ordenada en la memoria del dolor. Entonces viene tu abrazo, tu súplica, y el llanto avanza, transforma tu pérdida en un sufrimiento líquido. El ojo se cierra y la gota viene a colgarse de tu nariz. Cae, y antes de estrellarse, forma en el aire un mundo ausente de nosotros; un mundo transparente que alcanza a brillar, a sacudirse como si estuviera vivo, a reflejar dos rostros sorprendidos que no comprenden cómo la naturaleza puede perder algo tan bello, tan perfecto a la hora de reventar y que no los contenga en cada astilla de agua que vuela cuando se abre. SOLO POLVO Minúsculo el espíritu palpable de aquello que en su génesis fue piedra para luego evolucionar en su forma más volátil. Flota el polvo cuando nos arrojamos sobre la cama. Esparce todo su universo microgranulado hasta depositarse sobre tu cabello. Así, coronada por el alma de la Pachamama, vas cayendo contra mí en tu versión más liviana. Entonces comienza la danza carnal, la del polvo entre los cuerpos que sudan, la que se evapora entre el frote barroso de los muslos. Deslumbra esta forma ya extendida en su plenitud. (Es una calma plomiza la del polvo reposado) Aunque bastaría un soplido seco, un compacto empuje del aire contra tu pelo para que todo termine, para que el mundo se torne impalpable; como el impacto brutal entre dos piedras que mueren una y otra vez en su forma más volátil. VISITA GUIADA Único monumento capaz de merecer el más alto de los sacrificios. La versión actual no ha variado sus antiguas formas ni perdió la devoción de los eternos adoradores que entregaron familias enteras, reinos, imperios, por lograr uno sólo de sus favores. Dos columnas perfectas sostienen la abundancia que ofrece a quienes entran por primera vez, a quienes entienden que la imponencia de su arquitectura es más que un don gratuito / de la naturaleza. Es casi un gesto del arte que procura poner en evidencia la pequeñez del hombre ante la presencia divina. Pero esas dos columnas y ese frente prominente jamás fueron modificados. Sin embargo, es original y universal en cada réplica que invade con sus vestiduras este mundo. Sus columnas abiertas, monolíticas, blancas y morenas, son suaves y embriagadoras al tacto visitante. Su frente palpable y maternal es la desnuda versión que ha conocido media humanidad a través de la carne. Es casi la derrota del pecado por el pecado mismo. Es toda la opulencia monumental expuesta en una sola pieza modelada por antiquísimas curvas. Esta noche, he llegado una vez más ante sus puertas para contemplarla dormida en mi cama con todo el frontispicio y los relieves de su arquitectura dibujando la perfección absoluta en un solo cuerpo desnudo. ¡Oh, Diosa! ¡Oh, Musa! ¡Canta la cólera del hombre empobrecido ante tu sexo, obediente a la divinidad besable de tu boca gótica, renacentista, barroca, moderna y posmoderna, por los siglos de los siglos! Ten piedad de mí. Cúbrete un poco el rostro. No sea cosa que me vuelva y tu cuerpo sea una sólida pieza de sal y mi corazón agua, mucha agua. ODISEO HOUSE Deja de ser él cuando entra en la casa. Es otro al abrir la puerta y reclamar por alguien que no se encuentra allí esta noche. Unas pocas partes de luz reposan en el pasillo, en los cuartos, en la cocina que mantiene un fuego bajo junto a la cafetera. Cierra la llave de gas y sólo escucha un mundo vacío. Sin embargo él y esa ausencia conforman un todo que se detiene en el más absoluto silencio. Una vez, sentado en ese sillón y agotado por la fiebre, le escribió una carta a su padre muerto y recorrió una vida que desconocía a través de la palabra. El invierno pasado, mientras peinaba a su hijo en el baño, vio por la ventana al mundo purificándose bajo la nieve. Ahora nada de eso es real y todo sigue registrándose en la letra chica de su historia. Lo triste es que por debajo de la mesa del comedor el perro se sacude la modorra y viene hacia él moviendo la cola. Aunque uno haya entrado una vez más a la misma casa, alguien nos reconocerá como venidos de un viaje lejano, y eso no siempre es bueno cuando se comienza a creer que lo sucedido ya no existe. Pero el perro le lame la mano y ese reconocimiento del mundo lo apena, lo deja tan expuesto como la puerta que vuelve a abrirse para que una mujer entre , pregunte por él y no obtenga más respuesta que una voz pronunciando su nombre desde un lugar antiguo que no muere. OJO RASO La frágil fibra del ser, la más líquida del ojo, acompaña el trabajo raso de la plancha sobre la ropa húmeda. El vapor sopla su gordura y la mirada se alza entre la bruma para buscar el vestigio más delgado de la noche. Por allí pretende fugarse la memoria del alma, por esa fisura oculta, la que debería explicar el misterio de esta pregunta doméstica. Pero el que observa entiende que no hay visión perpleja del mundo. Entiende que existe un mundo ciego que se aterra de lo que no puede ver y vuelve sobre sus pasos, así como la palabra también se arrepiente y borra su propia escritura hasta dejar al lenguaje / desnudo de sentido. O tal vez sí exista una memoria que perdure más allá de la naturaleza del alma y la sobreviva, así como el ojo que es abrazado por el párpado nunca olvida el camino de lo que ha visto. |
Ricardo Costa
kuervocrudo@jetband.com.ar
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