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Momentos felices: alaba a Dios.
Momentos difíciles: busca a Dios.
Momentos tranquilos: adora a Dios.
Momentos dolorosos: cree en Dios.
Cada momento: da gracias a Dios.





Hasta cuando???





A mis hermanos de Venezuela

"Si entre hermanos se pelean,
los devoran los de ajuera."
Martín Fierro

Tristeza y preocupación me traen las imágenes de Plaza Altamira y Los Caobos, donde las gentes entre banderas apenas alcanzan a divisarse entre el humo de los gases; y me traen también dolor, claro, acaso por el desgarramiento de alguna honda o memoriosa entretela.

Por aquí, el horizonte es muy distinto, pero de tan distinto hasta resulta parecido: basurales atestados de familias en búsqueda de comida, mucho más que en cualquier restaurante o pizzería de la ciudad, las más de las veces casi vacíos, para no abundar en numerosos ejemplos aún más mortificantes.

Cuando Bolívar dijo algo parecido a "nunca más seremos felices", ¿lo expresó con un sentimiento acuciado o ya en los bordes?, ¿o, por el contrario, era toda una revelación que nos estaba ofreciendo a las generaciones venideras y a lo cual íbamos finalmente a tener que enfrentarnos?

Hermanos, en Caracas, en Buenos Aires, en Guayaquil, que este momento nos lleve a la reflexión, a la reflexión más detenida y profunda, no sólo por el momento sino por el continente, que es como decir por nosotros mismos y por la vida de nuestros hijos y nuestros pueblos, que, como sabemos, son resultado de una forja lenta, costosa y genuina.

Nosotros, los poetas de este continente, creo yo, en este revivir y redescubrir siempre al hombre, tenemos sobre nosotros el deber moral de ahondar el diálogo, por sobre las diversidades y diferencias coyunturales, para propiciar el encuentro, los caminos, nuestros caminos, que no podemos ni debemos soslayar.

En el hambre, básicamente, y en el arrasamiento sistemático que han venido sufriendo nuestros países, es éste un continente que pugna por ser, que nunca ha renunciado a ser, ya desde los años de Petión, o aun desde Gaicaipuro o Tlaltecatzin, y en las décadas más cercanas desde Vallejo, con su verbo dolorido y siempre abierto.

Vuestro desgarramiento es mi desgarramiento; vuestro dolor es mi dolor; porque vuestra historia y vuestros sueños son también, y desde siempre, también míos.

EDUARDO DALTER
Poeta argentino
13 de diciembre, 2002


SOÑAR

      No había fiesta en el llano ni baile de joropo sin el arpa mágica del maestro Figueredo. Sus dedos acariciaban las cuerdas, se prendía la alegría y brotaba incontenible el ancho río de su música prodigiosa.
      Se la pasaba de pueblo en pueblo, anunciando y posibilitando la fiesta. El, sus mulas y su arpa, por los infinitos caminos del llano.
      Una noche, tenía que cruzar un morichal espeso y allí lo esperaron los bandidos. Lo asaltaron, lo golpearon salvajemente hasta dejarlo por muerto y se llevaron las mulas y el arpa.
      A la mañana siguiente, pasaron por allí unos arrieros y encontraron al maestro Figueredo cubierto de moretones y de sangre. Estaba vivo pero en muy mal estado. Casi no podía hablar. Hizo un increíble esfuerzo y llegó a balbucear con unos labios entumecidos e hinchados, "me robaron las mulas". Volvió a hundirse en un silencio que dolía y, tras una larga pausa, logró empujar hacia sus labios destrozados una nueva queja: "Me robaron el arpa". Al rato, y cuando parecía que ya no iba a decir más nada, empezó a reír. Era una risa profunda y fresca que, inexplicablemente, salía de ese rostro desollado; y, en medio de la risa, el maestro Figueredo logró decir "¡Pero no me robaron la música!".

      No permitamos que nos roben la ilusión, la esperanza, los sueños, la utopía. "La historia se acabó", pontificó el nipón estadounidense Francis Fukuyama, corno expresión de esa cultura neoliberal que se presenta con pretensiones hegemónicas, y busca convencemos de que este es el mejor de los mundos posibles y por ello no tiene sentido intentar cambiarlo. La felicidad queda reducida a los meros niveles del consumo y los sueños rebajados a conseguir objetos de marcas que nos distingan y nos siembren la ilusión de que somos superiores y mejores. Ya no hay en quién creer, qué creer, cómo creer, excepto para consumo privado e industrial. La esperanza anda desrumbada y agónica. Nieva mucho y fuerte en los corazones que buscan calor llenándose de cosas.
      Hoy, más que nunca, y precisamente porque miles de millones de personas en el mundo son sacados o "excluidos" de la posibilidad de una vida digna, las utopías, como dice Frey Betto, "no solo tienen futuro, sino que se tornan necesarias y urgentes. Pero no se encontrarán en ningún estante de supermercado. Surgirán en la medida en que los empobrecidos se vuelvan artífices de cambios hacia un futuro mejor (...)"

      En algún sitio leí la queja de aquel cura que decía que muchos se confesaban de haber tenido malos sueños pero nadie se confesaba del pecado mucho más grave de no soñar. No permitamos que nos roben el derecho a soñar, que es el más importante de todos los derechos. Sin él, no tienen sentido los demás. Sería terrible sí no pudiéramos imaginar un mundo diferente, soñar con él como proyecto y entregarnos con esperanza y alegría a su construcción. Opongamos nuestra capacidad de soñar al antisueño de los pragmáticos. Recordemos a Facundo Cabral: "Si dejamos morir nuestros sueños seremos pobres, si los cuidamos y ponemos en práctica, seremos ricos".

      Según la mitología de nuestros indígenas Yekuana, un sueño de Dios creó a los hombres y mujeres y les dio vida imperecedera más allá de las apariencias del dolor y de la muerte: Dios lo soñaba mientras cantaba y agitaba sus maracas, envuelto en humo de tabaco, y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio. Los Yekuanas saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento. La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran huevo brillante. Dentro del huevo, ellos cantaban y bailaban y armaban mucho alboroto, porque estaban locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio; y Dios, soñando, los creaba, y cantando decía: "Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre, Y juntos vivirán y morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán y nunca dejarán de nacer porque la muerte es mentira". (Galeano).

NOTA: transcripción de la hoja que entregaron a mi hijo de ocho años, en el colegio Fray Luis de León (Caracas), el día en que se iniciaron sus actividades escolares de tercer grado.