céltico, situado ya en las mágicas islas del Oeste, ya
en las fuentes encantadas, en
los dólmenes, en los castros,
los lagos, las
ciudades sumergidas o en el
seno de las colinas.Es el reino de las hadas, el castillo del Grial, el Avalón de las leyendas artúricas, un lugar donde el tiempo transcurre a una velocidad mucho más lenta que en el nuestro, pues un día en aquél lugar equivale a meses e incluso años en el nuestro. Así, muchas personas que han viajado hacia allá se han encontrado con que han transcurrido siglos desde su partida, y en este sentido el cuento del procurador es un buen ejemplo de ello.
Otro buen ejemplo es la historia de Ero de Armenteira,
un noble gallego del siglo XII, que tuvo cierta noche un
sueño en el que la Virgen les decía tanto a él como a su
mujer que fundasen un monasterio, para que así tuviesen
descendencia espiritual, más importante que la
descendencia terrenal (ellos no tenían hijos). Así que
Ero decidió transformar uno de sus palacios en
monasterio y se convirtió en su abad. Durante su
estancia en el monasterio él se preguntaba a menudo
sobre cómo sería el Paraíso y le rogaba encarecidamente a la Virgen
que le dejara verlo. Así pues, un día, paseando por los
bosques cercanos al monasterio Ero quedó cautivado por
el cantar de un pajarillo y se sentó bajo un árbol para
contemplarlo. En este estado pasó trescientos años y al
regresar al monasterio preguntó por los monjes y nadie
pudo contestarle; entendió lo ocurrido y falleció en ese
instante a los pies de los nuevos monjes del
monasterio.
En Gales, Shon ap Shenkin fue un joven que una hermosa mañana de verano se sintió cautivado por una melodía mágica y se sentó bajo un árbol a escucharla. Cuando se extinguieron los últimos acordes de aquella música, se levantó y se quedó sorprendido al ver que el árbol que le cubría, y que antes fuera verde y frondoso, se había secado. Al regresar a su hogar, observó que la casa estaba extraordinariamente cambiada, algo más vieja y recubierta de hiedra. En el umbral de la puerta, estaba de pie un extraño, un viejo que saludó a Shon y le preguntó que deseaba. Shon, sorprendido, respondió que hacía unos minutos que había dejado a su padre y a su madre en esa misma casa. Le preguntó el viejo cómo se llamaba. "Shon ap Shenkin", le respondió el muchacho. Una palidez mortal cubrió el rostro del viejo, que contestó: "He oído hablar muchas veces a mi abuelo, tu padre, de tu desaparición". Al oir esto, Shon ap Shenkin se deshizo en polvo sobre el umbral.
Más afortunado fue un labrador de Glen Etive (Escocia), el cual, una noche de Año Nuevo vio salir luz de un sìthean (una colina de las hadas) y decidió entrar allí. Las hadas lo invitaron a bailar y él accedió a ello. Su compañero, que se había quedado fuera, al ver que no salía fue asustado al pueblo y contó lo ocurrido, pero nadie le creyó. Así, pues, la siguiente víspera de Todos los Santos se dirigó de nuevo al sìthean junto con tres hombres más, y vio una luz como la que había visto aquella vez. Entró, vio a su compañero y le dijo: "Ya es hora de que salgas de aquí", "Espera a que acabe este baile; no hace ni un minuto que entré", respondió el otro. "Ni hablar, creo que te has pegado un buen baile, visto que ha durado desde la víspera de Año Nuevo a la de Todos los Santos".
Por todo lo dicho, cuando se viaje por algún país celta se ha de tener mucho cuidado con las visiones sobrenaturales y con la música, los bailes o los montículos de las hadas, pues pueden ser fatales.
Pero como decíamos en el capítulo anterior, no todos los
sídhe (las hadas) decidieron refugiarse bajo
tierra, sino que
algunos de ellos partieron hacia las islas místicas
situadas en el Mar de Occidente, más allá de la novena
ola, a un lugar a donde muy pocos han conseguido
llegar.
Entre tales islas se encuentra Tír na nÓg, la
Tierra de la Juventud, un lugar eternamente verde,
donde siempre brilla el Sol y los árboles dan frutos
todo el año; un lugar lleno de amor, música y fiesta
perpetua. Los hombres y las hadas conviven allí
fraternalmente. Se le llama a este paraíso también
Emhain Abhlach, el Huerto de las Manzanas, pues,
al igual que en el Jardín de las Hespérides griego
existen unos mágicos manzanos
cuyos frutos proporcionan la inmortalidad y Tír na
mBeo, la Tierra de los Vivos, pues las almas de los
muertos, nuestros antepasados, no residen allí, sino en
Tír na Taibhse, la Isla de los Fantasmas.
En la Tierra de las Mujeres o Tír na mBan viven
hermosísimas mujeres gobernadas por una reina, que dan
la bienvenida a viajeros y peregrinos. Allí todos los
deseos son colmados, hay abundantes alimentos y se le
concede una esposa a cada viajero. Éste en un principio
queda extasiado con las maravillas que se aparecen ante
sus ojos, pero con el tiempo se cansa y siente nostalgia
de su tierra natal.
Tír Tairngire es la Tierra de la Promisión, en
la que impera Mannanan mac Lir: Es una tierra donde la
verdad es conocida, donde no hay vejez, ni tristeza, ni
melancolía, donde no hay ni odio, ni celos ni envidia.
Más al Sur se encuentra Hy-Breasail, una isla del
Atlántico cuyos habitantes eran tan puros que, para no
corromperse, cortaron todo tipo de relación con el mundo
de los mortales y hoy en día sólo las personas más puras
pueden ir hacia allá.
Otras islas son the la Tierra de los Magos (Tír na
Asarlai), la de los Bardos (Tír na Ceolteiri),
la de los Guerreros (Tír na gCaiscioch), etc...
Un rasgo característico de todas estas islas es que son
lugares eternamente verdes, y verde es el color favorito
de las hadas, pues sus ropajes son verdes, y verdes son
las velas que se han de encender para entrar en
comunicación con ellas.
. Y es que en la cultura céltica el
verde es el color del Otro Mundo, a diferencia de lo que
sucede en otras partes de Europa, donde el negro cumple
esta función, o en China o África donde lo hace el
blanco.
Sólo unos pocos han conseguido llegar a todas estas islas maravillosas, y en Irlanda sus viajes han sido recogidos en unas historias denominadas immrama. Entre estos héroes se encuentran Oisín, Bran mac Febal, Maeldun, Cormac, etc...
Bran mac Febal era un príncipe irlandés que un buen día
escuchó una música que lo
adormeció y al despertar encontró una rama plateada de la cual
colgaban manzanas. La llevó a palacio, la enseñó a los nobles y
en ese momento se acercó una bella princesa que comenzó a cantar
los bienes de Emhain Abhlach, la pomarada bendita. Así pues,
el día siguiente Bran y veintinueve hombres zarparon hacia Occidente en
busca de tal lugar.
Llegaron en primer lugar a la Isla de las Delicias, en la cual la
gente reía y se comportaba como si estuviese ebria...uno de los
hombres se bajó a la isla y tras pisarla comenzó a comportarse de
la misma forma y Bran no tuvo más remedio que abandonarlo.
Alcanzaron finalmente Tír na mBan, la Tierra de las Mujeres, y
allí estuvieron lo que les pareció un año. Al fin, uno de los hombres
tuvo nostalgia y convenció a Bran para visitar Irlanda. Bran y sus
hombres partieron de nuevo hacia Irlanda, pero antes de zarpar la
reina de Tír na mBan les advirtió que no pisaran tierra firme.
Pero tras llegar a Irlanda el hombre que había convencido a Bran
para volver saltó a tierra y quedó convertido en polvo, pues había
pasado un siglo. La expedición de Bran partió de nuevo hacia alta mar
y no se la volvió a ver jamás.
Interesante es también la historia de Oisín: Un día,
vigilando la costa cercana a Kerry, el héroe
irlandés Fionn y sus soldados, los Fianna, vieron salir del mar a
una bellísima mujer de cabellos dorados. Ella se detuvo frente a
Fionn y le contó que estaba enamorada de un hombre de Irlanda y
quería casarse con él y llevárselo a Tír Tairngire, la tierra
de la promisión...y en ese momento miró y sonrió a Oisín,
el hijo de Fionn. Oisín se montó entonces en el corcel blanco de
la bella Niamh y partieron ambos a Tír Tairngire. Allí fueron
recibidos calurosamente por Manannán mac Lir, señor de aquellas
tierras y padre de Niamh y parecía que esta historia iba a tener
un final feliz...Pero Oisín añoraba a Irlanda, a su padre y a sus
compañeros y le pidió a su esposa que le diese el corcel blanco
con el que poder visitar su tierra natal. Ella le rogó
encarecidamente que no se marchase pero al final accedió con la
condición de que permaneciese constantemente montado en el caballo
y no tocase el suelo. Y así Oisín marchó de vuelta a su patria a
través del Océano...
Al llegar a Irlanda Oisín notó que todos los lugares que su padre
y sus compañeros frecuentaban estaban ahora deshabitados; y no veía
a ninguno de los Fianna por ninguna parte, únicamente a hombres
normales y corrientes...¿Qué había sucedido con ellos? Preguntó
entonces a los hombres del lugar y ellos le dijeron: "¿Los
Fianna? ¿Fionn mac Cumhail? Nunca hubo nadie llamado así,
antiguamente se solían contar historias acerca de los Fianna,
una raza de gigantes que se comían a la gente, pero ya nadie
las cuenta".
Oisín se dio cuenta de que habían pasado trescientos
años desde su partida, mientras que él había pensado que
habían sido únicamente tres. Le contó a los hombres la
verdadera historia de los Fianna y tras ello pensó
en regresar de nuevo a Tír Tairngire, pero antes de partir un
hombre le dijo que probase la historia de los Fianna levantando
una gran roca con una sola mano. Oisín lo hizo, pero mientras
levantaba la roca, se desprendió la silla de montar cayendo él
al suelo...y en ese momento los trescientos años que
habían pasado cayeron sobre él y se convirtió en un
anciano.
Mas no son sólo los héroes paganos los que han logrado llegar a las islas del Paraíso: Muchos monjes cristianos de los países célticos han conseguido realizar este viaje místico, y en este sentido el abad gallego San Amaro es un buen ejemplo de ello ya que, como hemos visto anteriormente, tras ver el Paraíso se dio cuenta de que habían pasado trescientos años desde su partida.
Algo parecido les sucedió a los monjes de un monasterio
de Bretaña que hace ya bastante tiempo atrás partieron
rumbo al Paraíso
y llegaron a una ciudad de murallas de cristal, donde el aire era
fragante. Ciervos de plata y caballos de oro bajaron a recibirlos
y los condujeron a un árbol en cuyas ramas había más pájaros que
hojas. Un día entero pasaron en el paraíso. De vuelta en Bretaña,
los monjes buscaron en vano la iglesia en que antes habían servido,
pero sólo hallaron un nuevo obispo, un nuevo pueblo y una nueva
congregación. Ya no conocían los lugares, ni los hombres, ni el
lenguaje. Derramando lágrimas se contaban unos a otros sus cuitas,
pues ya no tenían patria ni gente conocida.
El monje navegador irlandés por excelencia es San Brandán el Navegante que en el siglo VI partió a la búsqueda de las Islas Afortunadas donde las piedras eran joyas, los campos estaban llenos de flores fragantes y los árboles de deliciosas manzanas. Cada año, San Brandán y sus monjes celebraban la Pascua en una isla llamada "el Paraíso de los Pájaros", donde encontraron un árbol tan lleno de pájaros blancos que uno no era capaz de distinguir las ramas: Tales pájaros eran en realidad ángeles caídos. Pero el descubrimiento más famoso de este Santo es la octava isla canaria, la Isla de San Brandán, que es a menudo visible desde Hierro y la Gomera pero a la que nadie todavía ha conseguido llegar, pues cuando se acercan navegantes a ella, la isla desaparece.
No debemos de olvidarnos tampoco del hogar de los
héroes galeses, Avalón o Ynys Afallach, una
tierra verde y preciosa donde ni lluvia ni granizo ni
nieve caen. Dicha isla se sitúa en el centro de un lago,
el cual está rodeado de frondosos y sombríos bosques que
el guerrero caído en la batalla debe atravesar antes de
alcanzar su meta. Allí, en el centro de Avalón, hay una
pequeña ermita levantada por José de Arimatea, y por
todas partes crecen manzanos, árboles de la inmortalidad.
La isla está poblada por una raza de mujeres
sobrenaturales gobernadas por el hada Morgana, la cual
junto con otras ocho hechiceras se dedica a cuidar a los
héroes llegados a aquéllas tierras. A Avalón fue
trasladado el rey Arturo, el paladín de la patria celta,
y allí seguirá hasta que sus súbditos le necesiten.
Finalmente, no debemos pasar por alto una última
entrada al Otro Mundo céltico: Se trata del castillo de
Carbonek o Caer Banneac, donde está guardado el
Santo Grial, la copa de donde Cristo bebió durante la
Última
Cena, un recipiente de cualidades milagrosas, pues quien
bebe de él cura instantáneamente sus heridas y sus
enfermedades. Es Carbonek un castillo encantado, hogar
de Bron, el Rey Pescador, que es aquél encargado de
custodiar el Grial. El castillo yace en medio de unos
bosques frondosos y sólo pueden llegar a él los
moralmente puros, como Galahad, Gawain y Lancelot,
todos ellos caballeros del Rey Arturo. Pero sucede que en muchas
ocasiones el héroe ha perdido su pureza ya no es capaz
de encontrar de nuevo la capilla del Grial, por lo que
debe reemprender su búsqueda.