El Correo. 31.10.2004

«Me he movido más por las ideas que por ánimo de supervivencia»

El prestigioso enólogo, referencia técnica de la Denominación de Origen Rioja, se jubila a los 70 y abandona la Estación Enológica de Haro después de 44 años

EN SU CASA. Ruiz Hernández posa delante de la fachada de la Estación Enológica. / FOTOS: R. SOLANO
EL PERSONAJE
Lugar y fecha de nacimiento: Madrid, 1934.

Orígenes: Castilla-La Mancha por parte de padre y Castilla-León por parte de madre; pasó su juventud en Zamora.

Estado civil: casado con Josefina Pedreira.

Hijos: seis (Jacobo, Jorge, Federico, Manuel, Ana y Cristóbal), tres dedicados al mundo de la enología.

Primer destino como ingeniero: Estación Enológica de Haro.

Tiempo en plaza: 44 años.
Manuel Ruiz Hernández, el enólogo al que ha mirado la denominación de Origen Rioja durante los últimos 44 años para salir de dudas, revalorizado por multitud de galardones, estudios técnicos que sentaron cátedra y comunicaciones que trataban de hacer más comprensible el complejo mundo del vino, muestra al abandonar la Enológica su otra cara.

-Porque asumirá que el Manuel Ruiz Hernández 'técnico' ha solapado al humano, al de pie de calle.

-Claro. Una persona que está dando charlas, escribiendo y transmitiendo conocimientos es conocido. Yo no puedo decir de mi vida una tesis diferente a lo que he escrito. Lo único que puedo aclarar es algún punto clave que pueda hacer entender tanto esfuerzo desesperado por enseñar.

-Desvele el secreto.

-Desde los 17 años, me importa mucho más la idea que la supervivencia. En mi juventud, en aquel paso de los 17 a los 19 años, leí mucho a la Generación del 98 (Unamuno, Azorín, Ortega y Gasset, Pío Baroja, Machado...) y en ellos advertí una idea muy interesante. Tenían razón al hablar del retraso científico, técnico y cultural. Y esa idea me ayudó a atravesar la fase crítica de los 20 años: instalarse en la sociedad tratando de poner un grano de arena en el desarrollo técnico, más que en el humanístico. Así empecé. Con esa idea, opuesta a lo que decía Unamuno: que inventen ellos. ¿Qué va! Que inventemos nosotros. Aunque en Unamuno es muy aprovechable su intención de ofrecer un pensamiento denso, pero inteligible. Por eso tantos años en la Enológica.

-¿Fue esa una circunstancia casual?

-Bueno, le tocó a la Enológica, a La Rioja y al vino. Pero estas ideas eran más amplias y anteriores al vino. Hay, no obstante, una decisión importante que me ayudó a tomar mi mujer y que fue determinante en ese sentido. Me preguntaba, siendo un técnico agrícola, qué pintaba yo en una ciudad grande. Se dio la paradoja de que, una vez aprobada la oposición, nos pusieron delante varias capitales y una ciudad en cierto modo rural, Haro. Todos la eludieron, la única que yo solicité. Creía que aquí podría desarrollar todas esas tesis y, más importante aún, crear una cimentación familiar sólida. Sin eso no podría haber hecho nada. Cierto. Le tocó a Haro y le tocó al vino, pero le pudo haber tocado al ladrillo refractario en Extremadura.

-Cuarenta y cuatro años después, ¿cree haber conseguido su reto?

-He puesto, al menos, entusiasmo en ello. Beethoven decía: 'Da todo por lo que quieres y lo conseguirás'. No sé si lo he conseguido pero, aún no consiguiéndolo, queda uno satisfecho. Es más. Una vez jubilado, como el motivo de fondo persiste, no hay problema para seguir adelante. ¿Hasta dónde? ¿Cómo mantener el mismo pensamiento experimental con menos medios? Es mi reto actual.

-¿Cuál es, en tono humano, su tarjeta de presentación?

-Soy un castellano de Castilla-La Macha por origen de padre y de Castilla-León por origen de madre. Pero siempre he defendido que uno es de donde hizo el bachillerato y yo, aunque nací en Madrid, lo hice en Zamora y aquélla etapa crítica de los 17, que es la que marca porque es la que la gente toma trayectoria, la viví allí. Siempre he rechazado, en cualquier caso, la idea de crear tarjetas de visita llenas de títulos y distinciones.

-Hacía referencia exclusiva a su condición de hombre ¿Qué le define?

-Una definición... La búsqueda de una idea. No me he trazado una meta ni la he alcanzado. No me podría definir. Si Sócrates, Emerson y Descartes decían 'sé tú mismo', no daban respuesta porque primero hay que saber qué es uno mismo. Luego somos la búsqueda de nosotros mismos (se ríe) y esto no se acaba nunca.

-Para ser fiel a ese principio tuvo que encontrar a alguien que compartiera esa misma tesis.

-Cristóbal Mestre. Yo quería dedicarme al desarrollo técnico. Creía que iba a ser más fácil y aplaudida por el entorno. Pero fue difícil. Sin embargo, conté con el respaldo de quien me impulsó en el mundo del vino, un ingeniero agrónomo catalán que me inculcó el apostolado de la técnica. Es lo que me ha dado ánimos para no claudicar.

-Y ha contado, además, con el apoyo de su esposa, Josefina Pedreira.

-Mi mujer es igual que yo. Ella disfruta con un libro en las manos y yo con otro, o con unos papelotes y unas cifras, estudiando. Pienso que si una labor resulta positiva para los demás, no es de uno sólo. Es de uno que está en una base sólida, con una consistencia familiar que le ha permitido hacerlo. El cincuenta por ciento de lo que se hace depende de esa retaguardia que tenemos en casa.

-Para estar por encima de todo ¿hay que hacer verdaderos equilibrios?.

-Parece que hay que hacerlos. En la vida te trazas un camino que en momentos parece que coincide con unos y con otros porque el mundo sociológico y político es muy sinuoso. Lo que te da seguridad, sin embargo, es ser sibilino para los huelfos y huelfo para los sibilinos. Es mejor dejar que se definan los demás. El maestro siembra la semilla y quien se define es el suelo.

Presiones del entorno

-Pero éste es un sector sometido a tantos intereses. Parece evidente que se ha tenido que ver sometido a muchas presiones.

-Sí, sí. Pero quienes lo han pretendido se han dado cuenta de que no iba a obedecer, o que iba a ser poco manejable. No tengo un temperamento brusco. Si te marcas una línea, te puedes desviar un poco, pero no ser manejable. Vine en 1960 como una especie de agente de desarrollo rural, para ayudar a todos. Había épocas en que se decía que había que echar una mano a los agricultores, y épocas en las que las empresas eran lo más importante. Yo he mantenido el mismo mensaje para agricultores y para empresas.

-Ha sido, en fin, un buen torero.

-No. He sabido resistir pero no he evitado que hubiera erosiones. Diría más bien que he tenido una buena faja (se ríe). Y eso me ha confortado porque siempre pensé que era una persona débil. Resistiendo no entras en el juego de las venganzas. El concepto de legítima defensa es muy peligroso. Si respondes a todo tipo de provocaciones, puedes perder de vista tu camino.

-Ha conocido el Haro y La Rioja de los 60 ¿En qué han cambiado?

-Cuando llegué a Haro, una tarde de primeros de noviembre de 1960, me llamó la atención no ver, de Miranda a Haro, apenas viñedo; el habla riojana, brusca y fuerte, como de tambor destemplado; y el alarde en Haro de ser sitio, no de trabajo, sino de diversión. Pensé: a lo mejor con una labor de años, también consigo que tengamos fama de ser trabajadores. Con respecto al vino, detecté ideas estereotipadas, hasta en las bodegas y en la gente conocedora y pronto parecí revolucionario porque tan sólo pretendía aplicar la lógica. Tuve la suerte en 1962 de ganar el premio Juan de la Cierva de investigación sobre temas de microbiología. Pero desde entonces todo fue más difícil. En el 64, esta Estación perdió la enseñanza y tuve que lanzarme al exterior a enseñar por mi cuenta (convoco yo mismo las reuniones con los agricultores, en salones parroquiales o en hogares de pensionistas cuando tengo un conocimiento); después la bodega experimental por lo que busqué experimentar fuera, en vez de hacerlo con bidones de cinco litros, con un millón; y más tarde el viñedo pero vi que la gente riojana es muy agradecida y me dejaron todo el viñedo de la región para experimentar. Se fueron superando fases.

-Pero en tan larga trayectoria, también han tenido que producirse momentos difíciles.

-Sí. Lo peor que podría haber hecho entonces es haber claudicado. Podría hacer un esfuerzo y recordarlos pero, para mí, el haber concluido una etapa en la administración sin claudicar en mi pensamiento, me hace olvidar todo lo demás. Ha habido veces en que he pensado: lo dejo todo. Pero llevaba encima este lastre de mi forma de pensar y me decía: dónde voy a estar yo igual con esta forma de ser. Lo decía al principio. Todo lo que me ha pasado es consecuencia de ello: de vivir más para la idea que para la supervivencia.


Vocento




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