EN SU CASA. Ruiz
Hernández posa delante de la fachada de la Estación Enológica.
/ FOTOS: R. SOLANO |
| EL
PERSONAJE |
Lugar y fecha de
nacimiento: Madrid, 1934.
Orígenes: Castilla-La Mancha
por parte de padre y Castilla-León por parte de madre; pasó su
juventud en Zamora.
Estado civil: casado con Josefina
Pedreira.
Hijos: seis (Jacobo, Jorge, Federico, Manuel,
Ana y Cristóbal), tres dedicados al mundo de la
enología.
Primer destino como ingeniero: Estación
Enológica de Haro.
Tiempo en plaza: 44
años. |
Manuel Ruiz Hernández, el enólogo al
que ha mirado la denominación de Origen Rioja durante los últimos 44
años para salir de dudas, revalorizado por multitud de galardones,
estudios técnicos que sentaron cátedra y comunicaciones que trataban
de hacer más comprensible el complejo mundo del vino, muestra al
abandonar la Enológica su otra cara.
-Porque asumirá que el
Manuel Ruiz Hernández 'técnico' ha solapado al humano, al de pie de
calle.
-Claro. Una persona que está dando charlas,
escribiendo y transmitiendo conocimientos es conocido. Yo no puedo
decir de mi vida una tesis diferente a lo que he escrito. Lo único
que puedo aclarar es algún punto clave que pueda hacer entender
tanto esfuerzo desesperado por enseñar.
-Desvele el
secreto.
-Desde los 17 años, me importa mucho más la idea que
la supervivencia. En mi juventud, en aquel paso de los 17 a los 19
años, leí mucho a la Generación del 98 (Unamuno, Azorín, Ortega y
Gasset, Pío Baroja, Machado...) y en ellos advertí una idea muy
interesante. Tenían razón al hablar del retraso científico, técnico
y cultural. Y esa idea me ayudó a atravesar la fase crítica de los
20 años: instalarse en la sociedad tratando de poner un grano de
arena en el desarrollo técnico, más que en el humanístico. Así
empecé. Con esa idea, opuesta a lo que decía Unamuno: que inventen
ellos. ¿Qué va! Que inventemos nosotros. Aunque en Unamuno es muy
aprovechable su intención de ofrecer un pensamiento denso, pero
inteligible. Por eso tantos años en la Enológica.
-¿Fue esa
una circunstancia casual?
-Bueno, le tocó a la Enológica, a
La Rioja y al vino. Pero estas ideas eran más amplias y anteriores
al vino. Hay, no obstante, una decisión importante que me ayudó a
tomar mi mujer y que fue determinante en ese sentido. Me preguntaba,
siendo un técnico agrícola, qué pintaba yo en una ciudad grande. Se
dio la paradoja de que, una vez aprobada la oposición, nos pusieron
delante varias capitales y una ciudad en cierto modo rural, Haro.
Todos la eludieron, la única que yo solicité. Creía que aquí podría
desarrollar todas esas tesis y, más importante aún, crear una
cimentación familiar sólida. Sin eso no podría haber hecho nada.
Cierto. Le tocó a Haro y le tocó al vino, pero le pudo haber tocado
al ladrillo refractario en Extremadura.
-Cuarenta y cuatro
años después, ¿cree haber conseguido su reto?
-He puesto, al
menos, entusiasmo en ello. Beethoven decía: 'Da todo por lo que
quieres y lo conseguirás'. No sé si lo he conseguido pero, aún no
consiguiéndolo, queda uno satisfecho. Es más. Una vez jubilado, como
el motivo de fondo persiste, no hay problema para seguir adelante.
¿Hasta dónde? ¿Cómo mantener el mismo pensamiento experimental con
menos medios? Es mi reto actual.
-¿Cuál es, en tono humano,
su tarjeta de presentación?
-Soy un castellano de Castilla-La
Macha por origen de padre y de Castilla-León por origen de madre.
Pero siempre he defendido que uno es de donde hizo el bachillerato y
yo, aunque nací en Madrid, lo hice en Zamora y aquélla etapa crítica
de los 17, que es la que marca porque es la que la gente toma
trayectoria, la viví allí. Siempre he rechazado, en cualquier caso,
la idea de crear tarjetas de visita llenas de títulos y
distinciones.
-Hacía referencia exclusiva a su condición de
hombre ¿Qué le define?
-Una definición... La búsqueda de una
idea. No me he trazado una meta ni la he alcanzado. No me podría
definir. Si Sócrates, Emerson y Descartes decían 'sé tú mismo', no
daban respuesta porque primero hay que saber qué es uno mismo. Luego
somos la búsqueda de nosotros mismos (se ríe) y esto no se acaba
nunca.
-Para ser fiel a ese principio tuvo que encontrar a
alguien que compartiera esa misma tesis.
-Cristóbal Mestre.
Yo quería dedicarme al desarrollo técnico. Creía que iba a ser más
fácil y aplaudida por el entorno. Pero fue difícil. Sin embargo,
conté con el respaldo de quien me impulsó en el mundo del vino, un
ingeniero agrónomo catalán que me inculcó el apostolado de la
técnica. Es lo que me ha dado ánimos para no claudicar.
-Y ha
contado, además, con el apoyo de su esposa, Josefina
Pedreira.
-Mi mujer es igual que yo. Ella disfruta con un
libro en las manos y yo con otro, o con unos papelotes y unas
cifras, estudiando. Pienso que si una labor resulta positiva para
los demás, no es de uno sólo. Es de uno que está en una base sólida,
con una consistencia familiar que le ha permitido hacerlo. El
cincuenta por ciento de lo que se hace depende de esa retaguardia
que tenemos en casa.
-Para estar por encima de todo ¿hay que
hacer verdaderos equilibrios?.
-Parece que hay que hacerlos.
En la vida te trazas un camino que en momentos parece que coincide
con unos y con otros porque el mundo sociológico y político es muy
sinuoso. Lo que te da seguridad, sin embargo, es ser sibilino para
los huelfos y huelfo para los sibilinos. Es mejor dejar que se
definan los demás. El maestro siembra la semilla y quien se define
es el suelo.
Presiones del
entorno
-Pero éste es un sector sometido a tantos
intereses. Parece evidente que se ha tenido que ver sometido a
muchas presiones.
-Sí, sí. Pero quienes lo han pretendido se
han dado cuenta de que no iba a obedecer, o que iba a ser poco
manejable. No tengo un temperamento brusco. Si te marcas una línea,
te puedes desviar un poco, pero no ser manejable. Vine en 1960 como
una especie de agente de desarrollo rural, para ayudar a todos.
Había épocas en que se decía que había que echar una mano a los
agricultores, y épocas en las que las empresas eran lo más
importante. Yo he mantenido el mismo mensaje para agricultores y
para empresas.
-Ha sido, en fin, un buen torero.
-No.
He sabido resistir pero no he evitado que hubiera erosiones. Diría
más bien que he tenido una buena faja (se ríe). Y eso me ha
confortado porque siempre pensé que era una persona débil.
Resistiendo no entras en el juego de las venganzas. El concepto de
legítima defensa es muy peligroso. Si respondes a todo tipo de
provocaciones, puedes perder de vista tu camino.
-Ha conocido
el Haro y La Rioja de los 60 ¿En qué han cambiado?
-Cuando
llegué a Haro, una tarde de primeros de noviembre de 1960, me llamó
la atención no ver, de Miranda a Haro, apenas viñedo; el habla
riojana, brusca y fuerte, como de tambor destemplado; y el alarde en
Haro de ser sitio, no de trabajo, sino de diversión. Pensé: a lo
mejor con una labor de años, también consigo que tengamos fama de
ser trabajadores. Con respecto al vino, detecté ideas
estereotipadas, hasta en las bodegas y en la gente conocedora y
pronto parecí revolucionario porque tan sólo pretendía aplicar la
lógica. Tuve la suerte en 1962 de ganar el premio Juan de la Cierva
de investigación sobre temas de microbiología. Pero desde entonces
todo fue más difícil. En el 64, esta Estación perdió la enseñanza y
tuve que lanzarme al exterior a enseñar por mi cuenta (convoco yo
mismo las reuniones con los agricultores, en salones parroquiales o
en hogares de pensionistas cuando tengo un conocimiento); después la
bodega experimental por lo que busqué experimentar fuera, en vez de
hacerlo con bidones de cinco litros, con un millón; y más tarde el
viñedo pero vi que la gente riojana es muy agradecida y me dejaron
todo el viñedo de la región para experimentar. Se fueron superando
fases.
-Pero en tan larga trayectoria, también han tenido que
producirse momentos difíciles.
-Sí. Lo peor que podría haber
hecho entonces es haber claudicado. Podría hacer un esfuerzo y
recordarlos pero, para mí, el haber concluido una etapa en la
administración sin claudicar en mi pensamiento, me hace olvidar todo
lo demás. Ha habido veces en que he pensado: lo dejo todo. Pero
llevaba encima este lastre de mi forma de pensar y me decía: dónde
voy a estar yo igual con esta forma de ser. Lo decía al principio.
Todo lo que me ha pasado es consecuencia de ello: de vivir más para
la idea que para la supervivencia.