Esta página Web va dedicada a mi padre por enseñarme a ver y sentir la Semana Santa de Sevilla desde que era muy pequeño, por iniciarme a apreciar la Cuaresma, por llevarme a ver las cofradías cuando "venía ya, harto de cole" y por darme a entender que la Semana Santa es algo grande.
 

 A mi hermano porque cuando estaba en la edad de ligar me llevaba a ver las cofradías después de mis múltiples lloros y plegarias, y siguió además la labor que había iniciado mi padre a la hora de acercarme con profundidad a las cofradías de Sevilla.

    A mi mujer que durante muchísimos años fue mi novia. Tiene el cielo ganado por las tremendas palizas que lleva ya dadas, en muchas Semanas Santas, siempre le gustaron las cofradías hasta que un día descubrió "como somos de exagerados algunos". No hace falta que me digas que me quieres, ya lo sé.

    A mi primo Dani que comparte mi interés y sentimiento por las cofradías y  la Semana Santa. Siempre ha sido un lujo para mi ir contigo a ver cofradías, Dani. Como tu sabes, sin necesidad de explicártelo, mi hijo tiene tu nombre.

    A mis amigos de la infancia que hacían "pasitos" conmigo cuando éramos pequeñitos, y aguantaban las enormes palizas que les pegaba en los días de Cuaresma andando desde San Julián a San Gonzalo, pasando por San Benito, para ver si estaban algunos pasos "medio-puestos". A "Dela", mi amigo y ex-colega José Antonio de la Rosa,  y por supuesto a Jacobo Iglesias: siempre es un placer ir a recogerte cada Domingo de Ramos vestido de ruán.
 


MencióN EspeciaL

     Al Rey Melchor porque, cuando desde que en 1999 cambiara su recorrido para pasar delante del Ateneo en la calle Orfila, cuando pasa por el Duque, al ver de lejos la carroza me empieza a recordar la Semana Santa, alucinando por momentos, creyendo que es el paso del Misterio de Herodes...

    A la cerradura de mi casa porque se consigue abrir a las cuatro de la mañana cuando vengo de ver entrar la Virgen de Regla.

    A todos los periódicos y emisoras de radio que me hacen sentir más cerca la Semana Santa.

    Y por supuesto, vaya que se me olvide, al azahar de la Plaza de las Moravias (que cerquita te tengo y que lejos...) y al incienso que ponía Antonio el de abajo (aunque no lo huela, lo huelo, aunque no te vea, te veo); al sonido del llamador de los pasos de la Hiniesta y Los Servitas cuando ensayan en Cuaresma; al arroz con leche que me hace mi madre y me como (comía) el Viernes Santo después de la paliza de la madrugá; a las parihuelas vacías: no hay año que no toque diez o doce.

Y a la luz de la primavera, a cuyo final naciste tú, Daniel, verdadera bendición, algún día si Dios quiere, vestirás una túnica como la viste tu padre y como la vistió tu abuelo que sin duda sonreirá desde el Cielo para ti.

 

 


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