El enigma de las ciudades abandonadas

por Owen S. Wangensteen


UNA PECULIAR CIVILIZACIÓN

Ni las majestuosas pirámides de Egipto, ni la legendaria ciudad de Nínive, con sus colosales toros alados y su biblioteca de 30.000 volúmenes en placas de arcilla; ni siquiera la inverosímil construcción de los moais de Pascua pueden competir en cuanto a enigmática y misteriosa con la civilización de los mayas.

Los mayas, la civilización de Yucatán, que mantuvo la hegemonía política y cultural en su mitad de mundo durante más de dos mil años, durante los cuáles supieron desarrollar el más exacto sistema de cronometrar el tiempo jamás conocido por el Hombre (incluyendo el calendario occidental en vigor), pero cuya elevada cienciología fue incapaz de idear útiles tan prácticos y simples como el arado.

Al final de este largo período, la civilización maya no fue conquistada y destruida por rivales más poderosos. Nadie en América hubiera podido competir con ellos. Tampoco pereció ante la presión de pueblos bárbaros, como nuestros antepasados romanos. Ni siquiera ocurrió una catástrofe natural que aniquilara a la mayor parte de la población. Lo cierto es que la civilización que llegó a conocer las matemáticas y la astronomía hasta límites inimaginables para los occidentales hasta bien entrado el siglo XX fue desvaneciéndose poco a poco, apagándose como una vela que se queda sin cera. Cuando llegaron los españoles encontraron tan sólo unas cuantas colonias campesinas desperdigadas y analfabetas, que fueron presa fácil para un puñado de conquistadores.
 

GEOGRAFÍA E HISTORIA

La civilización maya estaba formada por una serie de ciudades autogobernadas, al estilo de las polis griegas. Nadie puede decir cuál de ellas fue su capital, si es que alguna vez hubo algo parecido. En la actualidad las ruinas de esas ciudades se encuentran diseminadas a lo largo de una zona triangular que ocupa parte de los territorios actuales de México, Guatemala, Belice y Honduras.

Los arqueólogos dividen normalmente la cronología maya en tres períodos: Preclásico, Clásico y Postclásico, que se dividen a su vez en varios subperíodos, como se puede apreciar en la figura 1.

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo comenzó en esta zona una cultura que se pudiera llamar "maya". Actualmente, la mayoría de los investigadores aceptan que los pueblos americanos proceden de tribus mongólicas que llegaron a América hace entre treinta y setenta mil años, atravesando Siberia y Alaska por un istmo hoy cortado o bien navegando. En Mesoamérica se encuentran herramientas de piedra que indican ocupación humana en fecha tan lejana como el 22.000 A.C. Sólo a partir del 900 A.C., cuando comienza a aparecer la tradición cerámica maya, que marca el comienzo del preclásico medio, es cuando se tienen indicios documentales de esta civilización. El período preclásico, lejos de ser una época de civilización rudimentaria, fue una época de espectaculares logros. Las pirámides construidas en El Mirador (Guatemala) durante este período se cuentan entre las mayores estructuras arquitectónicas jamás construidas por el hombre. No son meros ensayos para la arquitectura del período clásico, sino que demuestran la existencia de una sociedad rica y compleja. Las inscripciones de esta época suelen estar llenas de motivos pictóricos, aunque es obvio que los mayas ya habían desarrollado su particular escritura jeroglífica, que aparece con poca profusión acompañando a las imágenes y en mayor medida adornando objetos y utensilios. Hacia el 700 o 600 A.C. aparecen las primeras representaciones del calendario maya.

Alrededor del 250 D.C., las inscripciones jeroglíficas comienzan a multiplicarse, apareciendo en la práctica totalidad de los monumentos y estelas que se conservan. Comienza así la época dorada de los mayas y de su escritura: el período clásico, que abarca hasta el año 1000 de nuestra era, aproximadamente. Todos los textos mayas que se conservan incluyen en primer lugar la fecha en que fueron escritos, denotando así una dependencia casi paranoide del calendario. Sus temas tratan, inevitablemente, sobre reyes, sacerdotes y cortesanos, sin una sola mención de las clases bajas de la sociedad. Al contrario que en sus homólogos de Oriente Medio y Egipto, no existe ni rastro de cuentas económicas.
 


Fig. 1. Cronología de la civilización maya.

Durante el período clásico temprano, las ciudades mayas crecieron horizontal y verticalmente y los mayas construyeron nuevos edificios sobre los viejos templos y palacios; aparecieron observatorios astronómicos y tumbas reales en pirámides. El mayor asentamiento es Tikal y, de hecho, es el mayor enclave arqueológico del Mundo, por su extensión. Otros grandes asentamientos del período clásico temprano son Copán, Palenque o Uaxactun.

Alrededor del 530 D.C., comienza un período intermedio de decadencia, en el cual son fundadas algunas ciudades como Yaxchilán o Quirigúa. Este período termina sobre el 580, cuando comienza el período clásico tardío, en el cual se fundan los asentamientos de Dos Pilas, Arroyo de Piedra, Seibal o Flores. El lector atento que haya seguido la cronología en el mapa habrá podido comprobar un hecho insólito: ¡el imperio clásico maya es el único en toda la historia de la Humanidad que ha crecido hacia adentro!. No existe en los mayas clásicos el afán de expansión o de conquista que caracteriza a la mayoría de las civilizaciones, sino que se deja entrever una tendencia a mantener el Statu Quo, un absoluto conservadurismo. Las ciudades nuevas son fundadas en territorio ya conocido y, salvo raras excepciones, en el seno del triángulo controlado por las ciudades antiguas.


Fig. 2. Geografía del mundo maya, mostrando las principales ciudades y etnias.

Las cosas comienzan a empeorar a partir del 790, fecha que marca el comienzo del período clásico terminal. Las inscripciones de este período muestran signos cada vez más evidentes de ineptitud y degeneración, en contraste con la fina y bien perfilada caligrafía clásica temprana. Estos cambios fueron paralelos a la desintegración de la sociedad clásica. Los asentamientos comenzaron a desplazarse hacia las orillas de los lagos, donde los campesinos construyeron modestos edificios, que poco tenían que ver con la grandeza y ambición de la arquitectura clásica. Por fin, abandonaron las ciudades de piedra, con sus pirámides y sus templos, que con el tiempo fueron invadidas por la jungla, y comenzaron una economía rural de subsistencia, que aún continúa en la actualidad, ya que cerca de un millón de mayas continúan habitando estos pueblos; siguen hablando, con ligeras variaciones, el idioma en el cuál se escribieron las inscripciones jeroglíficas desde siglos inmemoriales, pero ya ninguno de ellos sabe leerlo o escribirlo.

Sin embargo, la grandeza de los mayas aún tenía que escribir otra página en la historia, aunque nunca tan brillante como la que escribieron durante el período clásico. Desde aproximadamente el año 800, y superponiéndose con el período clásico terminal, aparece el período postclásico, también llamado por los historiadores "el Imperio Nuevo". Los habitantes de las degeneradas ciudades clásicas abandonan éstas y emigran hacia el Norte, a Yucatán, y fundan allí un Nuevo Imperio que poco tenía que envidiar a su predecesor. Aparecen así ciudades famosas como Chichen Itzá, Uxmal o Mayapán, ciudades creadas por los habitantes de una sociedad en decadencia que deciden abandonarlo todo y huir hacia el Norte inhóspito. Sin embargo, a pesar de que sus construcciones son tan faraónicas y colosales como las clásicas, su cultura ha degenerado ya irreversiblemente. Se conserva, paradójicamente, mucha menor cantidad de textos y estelas pertenecientes a este período que al período clásico. Los motivos pictóricos variaron desde los reyes y sacerdotes que aparecían en los murales clásicos a representar figuras de dioses y demonios y se aprecian, tanto en el arte como en la escritura, influencias toltecas, pueblo que vivió en la zona central de México en una época muy anterior a los mayas, como si éstos hubieran querido regresar a sus orígenes. No obstante, aparecen los primeros códices, escritos en papel de corteza, desde 1250 a 1450.

Más que nunca, se observa en el Imperio Nuevo la tendencia a la autosuficiencia de cada ciudad. Cada una de ellas está gobernada por una familia de nobles. Al modo de los señores feudales europeos, pero sin rey alguno, cada ciudad establecía sus alianzas con otras ciudades en contra de unas terceras. Estas alianzas eran rotas y traicionadas con inusitada frecuencia, como se puede observar en algún códice que se conserva de la época, como los llamados "Libros de Chilam-Balam", aunque la mayoría de ellos parecen haber sido escritos después de la conquista por los españoles, residiendo su valor en la relación que guardan con documentos mayas originales. Por cierto, hay que decir que conoceríamos mucho más de la cultura maya si no fuera porque el español Diego de Landa, segundo arzobispo de Yucatán, mandó reunir todos los documentos mayas y quemarlos como obras del diablo, aunque tenemos que decir en su favor que, en realidad, la mayoría de las sanguinarias prácticas religiosas mayas estaban efectivamente inspiradas por dioses malignos.

La caída del Imperio Nuevo, sin embargo, estaba predestinada desde su misma fundación. La enemistad interna y las continuas luchas entre ciudades hicieron que este período, aunque largo, no fuera nunca fructífero, sino que prácticamente se convirtió en una prolongada agonía. La población tendía a disminuir más que a proliferar y la cultura era cada vez patrimonio de menos individuos. Cuando llegaron los españoles alrededor de 1500, las aisladas colonias campesinas que encontraron apenas opusieron resistencia a los conquistadores. Su conquista, al contrario que las heroicas victorias sobre los Aztecas del pequeño ejército de Hernán Cortés, apenas ocupa unos párrafos en los libros de historia de la época.
 

UNA SOCIEDAD POCO DEMOCRÁTICA

Los primeros arqueólogos que estudiaron in situ las ruinas mayas apenas podían explicarse el hecho insólito del abandono de las ciudades del Sur, en la época en que parecían gozar de mayor esplendor. En efecto, a un historiador europeo de principios de siglo le resultaba difícil admitir el hecho de que toda la población de una próspera gran ciudad abandonara ésta para viajar sin razón aparente hasta un Norte desconocido y ocupado por la jungla, sólo para construir allí una nueva ciudad, casi idéntica a la de partida en todos los aspectos. Este extraño comportamiento, que no tenía semejanza con ninguna otra civilización histórica, fue conocido durante mucho tiempo como "el misterio de las ciudades abandonadas".

Hoy día, conocemos bastante sobre la estructura social maya como para no sorprendernos por este hecho. Parece ser que el primero que dio una explicación basada en la estructura social para la caída del Imperio Maya fue el profesor estadounidense Sylvanus Griswold Morley, en 1917.

Morley se apercibió de la necesidad de tener en cuenta una serie de diferencias, en virtud de las cuáles la cultura maya se transformaba en una extraña civilización, en comparación con las demás culturas históricas. Una de las primeras diferencias que saltan a la vista es la ausencia en Mesoamérica de un gran río, hecho que parecía casi indispensable para la creación de una gran cultura (Egipto, Mesopotamia, India, China y, en el caso de Grecia, el Egeo, que hacía las veces de río, fomentando la comunicación y el comercio entre las distintas comunidades griegas).

También parecía necesario para la civilización el desarrollo de la agricultura y la ganadería. En el caso de la cultura maya, la agricultura estaba en sus primeras etapas de desarrollo. Todo su arte se reducía a quemar una parte de la jungla, realizar agujeros con unas picas largas y puntiagudas para plantar maíz y esperar a que éste creciera. La ganadería era absolutamente desconocida, debido a la inexistencia de grandes mamíferos en Mesoamérica. Los mayas carecían de animales domésticos y, por lo tanto, también de carros. El antropólogo Marvin Harris sugiere que debido a esta carencia de carne pudo desarrollarse el canibalismo, que practicaban ritualmente tanto mayas como aztecas.

Pero el rasgo más destacable de la civilización maya es su estructura social. El orden social de los mayas acusaba desigualdades más pronunciadas que cualquier otro conocido por el Hombre. La ciudad maya presentaba crudamente la insalvable diferencia que existía entre las dos únicas clases sociales. No había estados intermedios. En una colina central solían elevarse los templos y los palacios de los sacerdotes y los nobles, que formaban una ciudadela con carácter de fortaleza. Luego, sin el menor grado de transición, se pasaba violentamente a las chozas de madera y ramaje habitadas por los campesinos. El pueblo maya se dividía, pues, en un núcleo sumamente reducido de familias dominantes y en una masa abrumadora de gente oprimida.

La nobleza se aislaba completamente del pueblo y se llamaba a sí misma "almehenoob", que quiere decir "los que tienen padres y madres". El campesino debía entregar un tercio de su cosecha a la nobleza y otro tercio a los sacerdotes. Además, en la época entre la sementera y la recolección, los siervos eran llevados a las ciudades para ser utilizados en la construcción de edificios. Sin carros ni animales de carga, los propios campesinos arrastraban los bloques de piedra y, sin hierro, cobre o bronce, sólo con instrumentos de piedra, cincelaban aquellas maravillosas esculturas y relieves. La labor de los obreros mayas es, sin duda, muy superior a la de los esclavos egipcios, al menos en cuanto a su dificultad.

La cultura y la ciencia de los sacerdotes iba necesariamente haciéndose más y más esotérica. La aguda inteligencia de los sabios mayas se dirigió cada vez más hacia los astros, olvidándose de mirar hacia la tierra que le daba su fuerza. Aquella cultura que imaginó el calendario perfecto se convirtió en esclava del mismo. Los sacerdotes mayas tenían un signo jeroglífico para representar el número 142 x 1030, pero no conocían el simple arado.

Los campos próximos a las ciudades iban quedando exhaustos con el paso de sucesivas cosechas. No existen pruebas de que los mayas utilizaran abono alguno, ni siquiera el estiércol. La consecuencia de esto es que los campesinos se veían obligados a roturar zonas de selva cada vez más alejadas de su ciudad, hasta que éstas también quedaban exhaustas. Sobrevenía entonces una inevitable época de hambruna. Era el hambre lo que obligaba finalmente al pueblo a emigrar cuando una ciudad quedaba rodeada de una estepa de hierba seca. El severo orden social y el desconocimiento de la técnica que imperó durante mil años llevaban en su seno el germen de la decadencia. Una ciudad maya estaba condenada a su abandono desde la misma fecha de su fundación.
 

EL CALENDARIO MAYA

Trataré de explicar en unos párrafos el calendario creado por los sacerdotes mayas, el estudio exhaustivo del cuál requeriría un manual de varios cientos de páginas (ver, por ejemplo, el libro de Antonio Lorenzo, "Calendarios mayas. Uso e interpretación", M.A. Porrúa S.A., México D.F., 1980; y el de Miguel León-Portilla, "Tiempo y realidad en el pensamiento maya", UNAM, México D.F., 1968). Valga esta exposición, no como ejemplo de algo que haya que admirar impresionado, sino como expresión del cientificismo más inútil y recalcitrante. Es el resultado de lo que ocurre cuando el hombre deja de mirar a la Tierra y concentra todo su esfuerzo en explicar el comportamiento de los astros. Sin duda, la nodriza que (según cuenta la leyenda) reprochó a Tales de Mileto cuando este cayó en un hoyo por ir mirando al Cielo, habría echado un buen rapapolvo a los sacerdotes mayas, si hubiera tenido oportunidad.


Fig. 3. El calendario maya de Chichén Itzá.

Los mayas numeraban los días de dos modos principales. Uno de ellos, llamado en inglés "calendar round", es un ciclo que se repite cada 52 años (18.980 días), cada uno de los cuáles está compuesto por 18 meses de 20 días, más un período de 5 días al final del ciclo (en total, 365 días). Parece ser que los finales de cada ciclo tenían connotaciones catastróficas para los mayas, que estaban convencidos de que el Mundo se acabaría al final de una de estas vueltas del calendario. Por tanto, los sacerdotes realizaban en los últimos días del ciclo sacrificios intensivos, que incluían cosas tan desagradables como desollamientos, corte de los labios, decapitaciones, extracción del corazón y posterior consumición de la carne del sacrificado, para aplacar a los dioses y así conseguir un nuevo ciclo de 52 años más.

Otra forma de expresar la fecha, es lo que se llama "long count". Es una cuenta de días a partir de una fecha determinada, del mismo modo que nosotros contamos los años desde el nacimiento de Jesucristo. Para expresar una fecha en long count hay que considerar los siguientes períodos de tiempo:

144.000 días o baktun (=20 katun)

7.200 días o katun (=20 tun)

360 días o tun (=18 uinal)

20 días o uinal (=20 kinh)

1 día o kinh

Los arqueólogos expresan la fecha del long count normalmente transcrita a números arábigos, separados por puntos. Así 9.8.12.12.8 representa 9 baktun, 8 katun, 12 tun, 12 uinal y 8 kinh. Es decir, 1.358.168 días desde la fecha de partida.

La fecha de partida, es decir: 0.0.0.0.0 se sitúa en ¡¡¡el año 3113 A.C.!!!. Se supone que es una fecha retrospectiva y mítica, ya que ningún otro indicio se ha encontrado de que hubiera una civilización maya en época tan temprana. Por ejemplo, Tikal se fundó el 1 de septiembre del 317 D.C.; es decir, el 8.14.0.0.0. Piedras Negras se fundó el 16 de Octubre del 514, en el 9.4.0.0.0. Copán fue abandonada el 19 de Agosto del 800, en el 9.18.10.0.0. Se puede observar la tendencia maya a fundar ciudades (¡y a abandonarlas!) en fechas "redondas". Es decir, al final de un ciclo y comienzo del siguiente. Este pueblo era por completo esclavo de un calendario al cual temían tanto como adoraban.

¿Por qué se dice (y realmente es cierto) que el calendario maya es el más exacto de los desarrollados por el hombre? Para contestar a esta pregunta, debemos considerar la longitud real del año astronómico; es decir, el tiempo exacto que tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol. Éste es de 365'242198 días.

En comparación, el calendario simple egipcio tenía años de 365 días. Como este desfase hacía que, a lo largo de los años, las fechas de inicio de las estaciones se fueran desplazando (efecto que afectaba, entre otras cosas, a la agricultura), Ptolomeo III corrigió el sistema en 239 A.C., introduciendo los años bisiestos: un día más cada 4 años. Julio César adoptó esta solución, creando el calendario juliano, que estuvo en vigor en la Cristiandad hasta 1582. El ciclo completo juliano tenía 4 años, uno de ellos bisiesto, duraba 1.461 días, entre 4, da una duración media de 365'25 días, algo mayor que la duración del año astronómico. El papa Gregorio XIII corrigió este defecto en 1582, eliminando 10 días del calendario e inaugurando el calendario gregoriano que continúa vigente en nuestros días. En éste, los años de final de siglo (es decir, los acabados en 00), no son bisiestos, salvo que sean múltiplos de 400. O sea, 1600 fue bisiesto, pero no así 1700, 1800 ni 1900. El año 2000 ha sido bisiesto, al ser múltiplo de 400. El ciclo completo gregoriano dura 400 años, 97 de los cuales son bisiestos, para dar un total de 146.097 días, con una duración media de 365'2425 días. No es la duración del año astronómico, sino que difiere de la real en 26 segundos, por lo que se gana 1 día cada 3.311 años. Sin embargo, nosotros, por ahora, nos conformamos con esto y no notamos ninguna diferencia en cuanto al comienzo de la primavera, que sigue empezando el 21 de Marzo desde 1583, y así será durante otros 2.897 años. En el año 4894, la primavera empezará el día 22 de Marzo, si es que queda alguien para verla llegar.

Los mayas no se contentaron con esta exactitud y exigieron aún más. Su ciclo completo constaba de 52 ciclos de 52 años, es decir, 2.704 años, 655 de los cuáles eran bisiestos. En total, 987.615 días. La duración media era de 365'242233 días, difiriendo sólo en 3 segundos del año astronómico.

Se puede hacer aún más exacto, pero ¿tiene algún sentido?. Probablemente los mayas, con sus conocimientos astronómicos, sabían que estaban cometiendo un error, pero ni siquiera ellos, tan esclavos como eran de su propio calendario, consideraron oportuno rectificarlo. Yo, personalmente, me conformo con el gregoriano y espero de todo corazón que, a finales de nuestro año 2000, no se produzcan sacrificios humanos rituales. Si alguna lección hemos aprendido de la Historia, es que los sacrificios humanos no sirven para nada.
 

(c) Owen S. Wangensteen, 2000.