Primera parte: PROYECTO
Toda discusión sobre las consecuencias morales
del Proyecto Genoma Humano tiene que fundarse en el conocimiento de las
posibilidades y limitaciones de la ciencia, y eso exige repasar la historia
de la ciencia además de los aspectos básicos de la biología.
Tom Wilkie, El conocimiento peligroso
CAPÍTULO 1. LA BIOLOGÍA ANTES DE LA
INGENIERÍA GENÉTICA
Antes de las Altas y Remotas Épocas, oh querídisimo
mío, hubo la Época del Comienzo Mismo, y fue en esos días
cuando el Mago Más Anciano dispuso las cosas. Primero preparó
la Tierra; luego preparó el Mar; y luego dijo a todos los animales
que podían salir a jugar.
Rudyard Kipling, El cangrejo que jugaba con el mar
Gen, gen, gen, la botella del gen.
Si tuviera que establecer un comienzo para una historia cuyos orígenes
son tan difusos como las fuentes del Nilo, posiblemente lo fijaría
en 1869, cuando el químico suizo Johann Friedrich Meischer se dispuso
a analizar unas muestras de células blancas de la sangre que había
recogido de unos vendajes manchados de pus en un hospital local. Meischer
rompió las membranas de estos glóbulos blancos utilizando
enzimas digestivos, obteniendo así muestras casi puras de material
procedente del núcleo celular, del cual Meischer extrajo altas concentraciones
de una sustancia química, rica en fósforo, que denominó
"nucleína". Conjeturó que la síntesis de nucleína
podría ser un modo de la célula para almacenar fósforo
o quizá tuviese "algo que ver con la herencia". No sabemos cómo
ni por qué se le ocurrió al químico suizo este alarde
de genialidad, ya que es difícil encontrar una relación a
priori entre un material extraído de los glóbulos blancos
y algo tan esotérico como era la herencia en 1869. Lo cierto es
que estos raptos de genio se dan de vez en cuando en la historia de la
ciencia. Sin quitar mérito a Meischer, hay que precisar que, si
mil personas se ponen a hacer predicciones, hay varias posibilidades de
que alguna de ellas acierte.
En 1889 otros químicos habían purificado aún más
la nucleína, eliminando las últimas trazas de proteína,
obteniendo así una sustancia gomosa con carácter levemente
ácido. Increíblemente, el ADN había sido aislado,
purificado y guardado en una botella con la etiqueta "Ácido nucleico".
La botella de inocente polvo blanco fue depositada en un estante del laboratorio.
Pasarían sesenta años antes de que se revelase que era, de
hecho, una botella de genes.
La idea de gen no es nueva, ni era nueva en tiempos de Meischer. Cualquiera
puede ver que los hijos suelen parecerse a sus padres, heredando determinadas
características de cada uno de sus dos progenitores. Los antiguos
griegos habían pensado que los infantes eran concebidos por "coagulación"
del esperma y del fluido menstrual. La capacidad de estos fluidos para
transmitir características de sus padres se debía, según
Hipócrates, al hecho de que contenían los "gonos" o "semillas"
aportadas por todas las partes del cuerpo, que se mezclaban para producir
al niño. Aristóteles sugirió que ciertas partículas
invisibles o "pangenes" surgían del cuerpo y se unían para
formar las fluidos reproductores. Esta teoría de la pangénesis
fue la preferida por Lamarck y Darwin veintiún siglos después
y sirve como explicación sorprendentemente buena para la idea de
Lamarck de que las características adquiridas por un individuo pueden
ser transferidas a su descendencia. Lo que parece increíble es el
hecho de que Aristóteles e Hipócrates, sobre las mismas bases,
no desarrollaran la idea de selección natural.
Sin embargo, a pesar de que sus resultados eran tan patentes que todo
el mundo podía verlos, las "unidades de herencia" no fueron reducidas
a nada específico hasta una fecha tan sorprendentemente reciente
como 1944. Las "gémulas" darwinianas, sus partículas invisibles
imaginarias que fluían de todas las partes del cuerpo hasta los
órganos reproductores, habían dominado la idea de herencia
por muchos años. Se creía que estas unidades servían
de vehículos de transmisión y directores del desarrollo y
se supuso que eran autorreproductoras y circulaban por todo el organismo.
Herbert Spencer prefirió llamarlas "unidades fisiológicas"
y Karl von Naegeli "ideoplasma". Distintos nombres para la misma idea imaginaria,
desarrollada sin evidencia experimental alguna, más de veinte siglos
atrás.
Un monje agustino cultiva guisantes
Pero la evidencia experimental existía, minuciosamente estudiada
y maravillosamente documentada por un fraile agustino de Brün, Austria
(ahora Brno, República Checa). Se trata de Gregor Mendel, cuyo visionario
trabajo fue ignorado por la ciencia durante sesenta años. Conviene
que nos detengamos un momento para contemplar la figura de este científico
excepcional.
Johann Mendel nació en 1822, de padres campesinos, en el pequeño
pueblo austriaco de Heitzendorf, localidad que gozaba de una gran tradición
en suministrar diestros jardineros a los opulentos terratenientes de la
zona. Ingresó a la edad de veintiún años en la Abadía
de St. Thomas, tomando el nombre de Gregor. Como los agustinos proveían
de maestros a la escuela secundaria local, Gregor fue enviado a la Universidad
de Viena donde cursó estudios de ciencias y matemáticas.
Afortunadamente, fue introducido en la recién nacida ciencia de
la estadística, apoyo imprescindible para sus investigaciones posteriores.
A su vuelta a Brün, el Abad de St. Thomas, F.C. Napp, había
establecido un laborioso programa de experimentación con plantas
en los jardines del monasterio, que pronto se convirtieron en el dominio
de Mendel.
Mendel fue el primer biólogo matemático de la historia.
A diferencia de cualquiera de sus predecesores o contemporáneos,
intentó disponer de una forma estadísticamente precisa sus
resultados. Sus experimentos metódicos y meticulosos eran muy distintos
a cualquier cosa que se hubiera hecho antes en biología. Mendel
reunió 34 cepas de plantas de guisantes de viveros de toda Europa
y durante varios años afinó cuidadosamente sus selecciones
hasta que obtuvo verdaderas plantas reproductoras que diferían entre
sí en siete pares de rasgos, incluyendo la forma de la semilla y
las vainas, el color de la semilla, la longitud del tallo y la posición
de las flores.
En un cruce entre plantas surgidas de semillas verdes y otras surgidas
de semillas amarillas, los descendientes no mostraron una mezcla de esos
colores, sino que sus semillas eran todas amarillas. El rasgo verde había
desaparecido aparentemente. Mendel cruzó entonces miembros de esta
primera generación de semillas amarillas entre sí. Mendel
contempló, sorprendido, como algunos descendientes de esta primera
generación volvían a mostrar el rasgo verde. La relación
entre plantas amarillas y verdes en esta segunda generación era
claramente de tres plantas amarillas por cada planta verde.
Mendel sabía que el análisis estadístico era imposible
sin un número adecuado de plantas. En el experimento descrito, leemos
en los registros de Mendel que había cultivado y comparado 8.023
híbridos, de los cuáles 6.022 tenían semillas amarillas
y 2.001 eran verdes. ¡Ningún experimento actual de cruzamiento
entre plantas puede alardear de semejantes cifras!, aunque hay que decir
en favor de los científicos actuales que sus vidas no suelen transcurrir
de forma tan tranquila como la de Mendel.
Mendel había encontrado, descrito y dado nombre a los rasgos
de los guisantes transmisibles mediante herencia: al rasgo amarillo, lo
denominó "dominante", al verde, que desaparecía cuando estaba
en presencia del amarillo, lo denominó "recesivo". Mendel ideó
una teoría compatible con las proporciones relativas que había
encontrado, según la cuál cada característica de un
individuo estaba determinada por dos factores o "elementos", uno heredado
del padre y otro de la madre. Únicamente cuando los dos factores
eran de la forma recesiva se podía desarrollar la semilla de color
verde.
El paso siguiente de Mendel fue considerar la herencia conjunta de
dos características: cruzó plantas con semillas amarillas
lisas con otras que tenían semillas verdes arrugadas. Las semillas
de la primera generación eran todas amarillas lisas (los dos rasgos
dominantes). La segunda generación dio semillas amarillas lisas,
verdes lisas, amarillas arrugadas y verdes arrugadas en una proporción
de 9:3:3:1, como preveía su teoría.
En 1865, Mendel presentó los resultados de ocho años
de investigación en una reunión de la Sociedad de Ciencia
Natural de Brün a una audiencia de entusiastas científicos
locales. Las actas de la reunión que, sorprendentemente, aún
se conservan, registran que no se hizo ni una sola pregunta. Los oyentes
rápidamente se enfrascaron en una discusión sobre el tema
caliente del día: "El Origen de las Especies", de Darwin,
que había sido publicado seis años antes. El artículo
de Mendel se publicó en la Revista de la Sociedad al año
siguiente y una reseña de una página apareció en una
enciclopedia alemana de cultivo de plantas. Le siguió, en palabras
de L.C. Dunn, "uno de los más extraños silencios en la historia
de la Biología".
Un apunte más, para que quedemos aún más maravillados
de la labor de Mendel, leamos estas palabras:
"Se requiere ciertamente coraje para emprender una labor de un alcance
tan distante; éste parece ser, sin embargo, el único modo
correcto por el cuál podremos finalmente alcanzar la solución
de una pregunta cuya importancia no puede ser subestimada en conexión
con la historia de la evolución de las formas orgánicas".
No son, como se podría sospechar, palabras de Charles Darwin.
Fueron escritas por Gregor Mendel en uno de sus diarios, ¡en 1854!,
cinco años antes de la publicación de "El Origen de las
Especies". Quien no esté impresionado, más vale que no
siga leyendo este trabajo.
Células en división
Para los microscopistas de la segunda mitad del siglo XIX, estaba ya claro
desde hacía bastante tiempo, que la materia viva estaba formada
por células individuales. Ya en 1838, Mathhias Jakob Schleiden había
afirmado que "todas las plantas son agregados de seres separados, independientes
e individuales, esto es, las propias células". El botánico
y amigo íntimo de Darwin, Robert Brown, había sido, en 1831,
el primero en observar "en cada célula... una única aureola
circular, o núcleo de la célula, como puede denominársela".
La posición central del núcleo en la célula llevó
a los investigadores a pensar que su función era importante. Por
una vez, la evidencia posterior iba a estar a favor de las teorías
científicas emitidas en base a la pura ideología, demostrando
que el núcleo era, realmente, parte fundamental de la célula
y el lugar donde residen los genes que controlan el funcionamiento de la
misma.
En 1873, Friedrich Schneider, otro microscopista, había observado
un fenómeno realmente interesante, estudiando las células
del diminuto gusano plano transparente Mesostomium (lo que viene
a demostrar que toda criatura, por insignificante que parezca, tiene derecho
a un sucedáneo de los cinco minutos estelares que Andy Warhol dijo
que correspondían a cada ser humano). Schneider observó una
serie de etapas durante la división de algunas de las células
del gusano; notó que algunas de estas etapas involucraban un movimiento
y separación de ciertos cuerpos filamentosos en el interior del
núcleo que, en estado normal, suele tener un aspecto homogéneo.
El mismo fenómeno fue descrito dos años más tarde
por Edward Strasburger, en células de embriones de coníferas
en desarrollo. En 1879, Walter Flemming confirmó la universalidad
del fenómeno, que denominó "mitosis", en aparentemente todas
las células en división. Informó que, a medida que
las etapas de división progresaban, lo que parecía ser una
madeja continua de hebras entrelazadas (la cromatina) en el área
nuclear, sufre una división longitudinal y luego se separa en fragmentos
que migran hacia las dos células resultantes. En sus estudios, Flemming
fue el primer hombre que vio los cromosomas humanos.
En 1883, Wilhelm Roux. estudiando el desarrollo de los huevos de rana,
interpretó su observación del núcleo durante la mitosis
como un conjunto de "partículas hereditarias". Éstas se repartían
entre las células hijas, como grupos de partículas con cualidades
diferentes que permitían a cada célula diferenciarse de su
hermana. Estaba equivocado acerca de las diferencias en las dotaciones
de las partículas hereditarias, que hoy sabemos que son básicamente
idénticas (excluyendo mutaciones), pero logró atraer una
mayor atención sobre las enigmáticas hebras coloreadas. Porque
se teñían fácilmente, en 1888 Wilhelm van Waldeyer
los llamaría "cromosomas", lo que significa "cuerpos coloreados".
El señor de las moscas
Cambiamos de siglo... y de continente. A partir de los primeros años
del siglo XX, el liderazgo científico e intelectual correspondió
a los Estados Unidos, cargo que, hay que reconocerlo aunque nos duela a
los orgullosos europeos, continúa ocupando este país en la
actualidad.
Uno de los principales artífices del desarrollo de las ciencias
de la vida en los Estados Unidos fue el embriólogo y (ya se puede
decir) genetista Thomas Hunt Morgan. Morgan había llegado a la Universidad
de Columbia en 1902. Durante mucho tiempo se había sentido incómodo
con el hecho de que la relación entre factores hereditarios y cromosomas
había sido básicamente inferencial y demandaba demostración
experimental. También estaba interesado en reemplazar la noción
"nebulosa" de variación de Darwin por el concepto más preciso
y reciente de "mutación", tal como lo había propuesto Hugo
de Vries, cuyo laboratorio había visitado en 1903. La idea Darwiniana
de variación conlleva continuidad y cambios graduales a lo largo
de las sucesivas generaciones; por el contrario, las mutaciones son repentinas,
imprevisibles y producen un cambio discontinuo, resultando en un organismo
con una característica radicalmente distinta de sus antecesores.
Morgan encontró un colaborador invaluable en Edmond B. Wilson, que
había comenzado a impartir en Columbia un novedoso curso sobre la
herencia, cromosomas, variación y evolución. Entre 1910 y
1925, un pequeño laboratorio de Columbia, habitado por varias generaciones
de estudiantes y varios miles de moscas de la fruta, se convirtió
en el centro puntero de investigación mundial de la nueva ciencia
de la genética.
Las diminutas moscas de la fruta (Drosophila melanogaster) figuran,
en la actualidad, entre los más estudiados de los organismos vivientes
y su nombre científico es posiblemente el segundo en popularidad,
por supuesto, tras el del Homo sapiens. En 1910, un amigo entomólogo,
Frank Lutz sugirió a Morgan que la Drosophila podía
resultar útil como herramienta experimental. Con un poco de comida
y calor, la mosca cumpliría en producir una nueva generación
cada dos semanas. Sólo ocho horas después del nacimiento,
las diminutas moscas comenzarían a aparearse. Un poco de éter
para anestesiarlas, un poco de destreza y una lupa podrían servir
para separar los machos de las hembras no apareadas y realizar fecundaciones
controladas de moscas con características específicas, tales
como la forma de las alas o el color de los ojos. Quizás tras algunas
generaciones aparecerían mutaciones, que se podrían llegar
a relacionar con alguno de los cuatro cromosomas que tiene cada célula
de la mosca.
Durante quince años, Morgan y sus colaboradores repitieron y
mejoraron los experimentos de Mendel; esta vez con animales y con mucho
más conocimiento acumulado. Prácticamente todas las bases
de la genética se deben a los resultados de este grupo de investigación:
los cromosomas sexuales X e Y, la aparición de mutaciones esporádicas
que se transmiten a las generaciones sucesivas, la herencia ligada al sexo,
los mapas genéticos (o localización de los distintos genes
en cada uno de los cromosomas), la recombinación o sobrecruzamiento
entre cromosomas, a partir de la cuál se puede estimar la "distancia
genética" entre dos genes, según la probabilidad que tienen
de heredarse de forma conjunta...
En 1933, Morgan recibió merecidamente el premio Nobel en recompensa
por su exhaustivo trabajo. Se había publicado su libro "El mecanismo
de la herencia mendeliana", en colaboración con Sturtevant,
Bridges y Muller. En cierto sentido, la búsqueda de los genes había
terminado. El gen había dejado de ser un mero ejercicio intelectual
para convertirse en algo tangible, físicamente localizado en un
trozo de cromosoma en el interior del núcleo celular, cuya herencia
seguía unas cuantas leyes extraordinariamente precisas.
En realidad, sin embargo, la búsqueda acababa de comenzar,
porque perduraban los mayores misterios. ¿Qué era un gen?
¿Cómo su mera presencia era capaz de provocar que una mosca
tuviera los ojos blancos en lugar de rojos o afectar a la forma de la vaina
de los guisantes? Las respuestas a semejantes preguntas sólo pudieron
conocerse cuando los biólogos dejaron de ser biólogos para
convertirse eventualmente en químicos, físicos, matemáticos
y, en los últimos tiempos, informáticos.
¡Es sólo química!
Los siguientes avances en genética vinieron también de la
mano de Thomas Morgan, que había dejado Columbia en 1927, para fundar
la sección de biología del Instituto de Tecnología
de California, conocido en todo el mundo sencillamente como CalTech. George
Beadle y Edward L. Tatum (premios Nobel en 1958) fueron alumnos de Morgan
y Sturtevant en CalTech, representando posiblemente la primera generación
de "genetistas moleculares". Habían cambiado la Drosophila por el
moho rojo Neurospora, cuya biología resultaba, sin lugar
a dudas más sencilla. Estudiando ciertas mutaciones ocasionales,
Beadle y Tatum llegaron a la conclusión de que cada mutación
afectaba a la capacidad del hongo para llevar a cabo una determinada reacción
bioquímica. Por ejemplo, uno de los mutantes era incapaz de sintetizar
piridoxina (vitamina B6), molécula que la cepa salvaje del moho
fabricaba por sí sola sin ningún problema.
En aquella época era perfectamente conocido que las distintas
rutas metabólicas que permitían a los seres vivos la síntesis
y la ruptura de compuestos químicos estaban controladas por una
serie de moléculas conocidas como "enzimas" (de la palabra griega
que quiere decir "en la levadura"). Beadle y Tatum postularon que la mutación
de Neurospora afectaba a una de las enzimas implicadas en la síntesis
de piridoxina, impidiendo la fabricación de ésta. Era el
primer paso hacia la comprensión de la función de los genes:
si el gen mutante impedía la fabricación de una determinada
enzima; entonces, la función normal del gen era ¡guiar la
fabricación de la enzima!. La hipótesis de Beadle y Tatum
se conoce como la hipótesis "un gen, una enzima". Ya que, entre
1926 y 1930, James Sumner y John Northrop habían demostrado que
todas las enzimas conocidas eran proteínas, fue fácil el
cambio a la hipótesis: "un gen, una proteína". Se habían
dado los primeros pasos para elucidar el mecanismo de acción de
los genes, pero aún quedaba lo más interesante, ¿cuál
era la naturaleza química del propio gen?
Se sabía que los cromosomas eran una mezcla de ácido
nucleico y proteínas. Para el bioquímico de los años
30, el ácido nucleico era una molécula repetitiva y aburrida,
formada sólo por la unión de cuatro tipos distintos de pequeñas
unidades. Parecía difícil, por tanto, que el ácido
nucleico pudiera englobar la compleja cantidad de información necesaria
que debían contener los genes. Por el contrario, las proteínas
eran macromoléculas apasionantes, formadas por una complicada secuencia
de, al menos, 20 componentes distintos cuyas propiedades químicas
eran muy diferentes y permitían abrir un amplio abanico de posibilidades.
La mayoría de los bioquímicos, por tanto, se inclinaba por
la hipótesis de que los genes eran proteínas, y el ácido
nucleico servía únicamente como soporte o "pegamento" para
unir las distintas proteínas que formaban los diferentes genes.
Los experimentos de Oswald Avery, Colin McLeod y MacLyn McCarty, en
1944 vinieron a demostrar lo contrario. Avery y sus colaboradores marcaron
radiactivamente una cepa patógena de la bacteria Neumococcus, que
provoca la pulmonía tanto en hombres como en ratones. Hicieron dos
experimentos: en uno de ellos usaron un isótopo radiactivo del fósforo
(que sólo se encuentra en el ácido nucleico, pero no en las
proteínas) y en el otro, utilizaron azufre radiactivo (que se encuentra
en las proteínas, pero no en el ácido nucleico). Pusieron
en contacto estas bacterias radiactivas, previamente muertas por calor,
con otra cepa de Neumococcus que no era patógena. Tras comprobar
que la cepa inocua se había transformado en patógena, demostraron
que la información que había pasado de una bacteria a la
otra estaba en forma de ácido nucleico, y no de proteína.
¡El material genético, o "principio transformador" era el
ácido nucleico!
Seres insignificantes que parasitan a otros seres insignificantes.
A partir de los años 40, la meca de la biología iba a cambiar
su sede de California a Nueva York. En esta ciudad, cerca del temido barrio
del Bronx, pero en una apacible parcela a orillas del Atlántico,
se encuentran los Laboratorios de Cold Spring Harbor. En los mismos, una
serie de personas habían formado un grupo para investigar ciertos
virus que parasitan a las bacterias (bacteriófagos). El grupo ha
sido conocido posteriormente como "Grupo de los Fagos" e incluía
nombres que han sido merecidamente nobelizados, como Max Delbrück,
Salvador Luria, Alfred Hershey, Emily Ellis o Martha Chase. Cada uno por
sí solo hubiera marcado un hito en la historia de la biología,
todos ellos juntos, revolucionaron la historia de la humanidad, sentando
las bases de la ciencia que ha venido a llamarse "biología molecular"
y sus derivaciones, la "ingeniería genética" y la "biotecnología".
Los virus que formaban parte del trabajo diario del Grupo de Fagos
sentían una especial debilidad por infectar a una bacteria insignificante,
cuyo nombre resulta casi impronunciable para el profano. Se trata de la
Escherichia
coli.
Escherichia coli es un organismo que ha triunfado en la vida,
existen más E. coli en el intestino de cualquier persona
que personas en todo el Planeta. Las células de E. coli son
diminutos bastoncillos de dos micras de longitud y media micra de anchura.
Es un organismo muy práctico para los estudios genéticos:
es unicelular, se multiplica con rapidez, dando una nueva generación
cada veinte minutos y puede prosperar en soluciones acuosas con un poco
de glucosa y sales minerales. El ácido nucleico bacteriano está
organizado en un único cromosoma circular, que se encuentra libre
en el interior de la célula, ya que las bacterias no poseen núcleo.
Este único cromosoma, una sola molécula de ácido desoxirribonucleico,
constituye el genoma de E. coli (aunque, normalmente, las distintas
células de E. coli pueden poseer también una serie
de minicromosomas, denominados plásmidos).
Durante más de tres décadas, desde 1940 hasta 1973, las
bacterias y los fagos fueron los únicos sistemas adecuados para
estudiar con cierto detalle la organización y el funcionamiento
a nivel molecular de los genes, así como las consecuencias de la
introducción de nuevo material genético en la células.
Lo cierto es que casi todos los avances de la genética se produjeron
como resultado de los estudios de las bacterias y sus fagos. La relativa
facilidad con la que se pueden elaborar mapas genéticos bacterianos
contrasta con las enormes dificultades con las que se encontraron los primeros
investigadores que pretendieron cartografiar el genoma humano. El mapa
genético de E. coli incluye en la actualidad más de
mil genes; aproximadamente la mitad del genoma total de la bacteria. Es
posible que se termine de secuenciar en el plazo de dos años.
Pero el más importante descubrimiento producido a partir
del estudio de bacterias y fagos lo constituye el fantástico arsenal
de "enzimas para biología molecular", que constituyen las herramientas
de trabajo del ingeniero genético: enzimas que cortan el ADN en
sitios determinados y específicos (enzimas o endonucleasas de restricción),
enzimas que lo vuelven a unir (ligasas), enzimas que fabrican millones
de copias a partir de una molécula de ADN (polimerasas), enzimas
que transcriben el ADN hasta ARN (transcriptasas) o que hacen el proceso
inverso (retrotranscriptasas o transcriptasas inversas). En fin, para cada
necesidad que pueda tener el biólogo molecular en su trabajo cotidiano,
siempre encuentra la herramienta adecuada, microscópicamente precisa.
Sólo es cuestión de decidir cómo utilizarlas. Estas
enzimas constituyen la base de la ingeniería genética, que
sería impensable sin ellas. Estas enzimas han hecho posible que
se puedan fabricar toneladas de insulina humana en reactores industriales
que contienen bacterias, que las mareas negras puedan ser disueltas mediante
bacterias que eliminan el petróleo y después se suicidan,
que el S.I.D.A. sea una enfermedad cada vez más llevadera y sin
duda alguna, harán posible que algún día se encuentre
la cura contra los diferentes tipos de cáncer que afligen a los
seres humanos. Estas enzimas, en fin, han hecho posible el desarrollo del
Proyecto Genoma Humano y de todas sus consecuencias.
Las vueltas que da la vida
James Dewey Watson nació para ser brillante. Había sido un
"niño prodigio" en un programa de radio durante la guerra y había
ingresado en la Universidad de Chicago a la edad de quince años.
Obtuvo su título en 1946 y se quedó un año más
para tomar clases de zoología. En 1947 llegó a la Escuela
de graduados de la Universidad de Indiana, donde se encontraba Herman Muller,
recientemente galardonado con el Nobel por su trabajo sobre las mutaciones
inducidas por los rayos X. Watson fue influenciado por Delbrück y
Luria, del Grupo de los Fagos. Luria le convenció para realizar
un proyecto de investigación sobre los efectos de los rayos X sobre
los fagos y, en mayo de 1950, a la edad de 22 años, Watson completó
su doctorado. Después de unas seis semanas en Cold Spring Harbor
partió hacia Europa.
Tras una breve y decepcionante estancia en Copenhague, con Herman Kalckar,
Watson conoció en un congreso a Maurice Wilkins, quien estaba intentando
discernir la estructura molecular del ADN en el King's College de Londres,
utilizando la técnica de difracción de rayos X que había
sido rutinariamente utilizada desde principios de siglo para averiguar
la estructura interna de los cristales de los compuestos inorgánicos.
Watson fue incapaz de conseguir una invitación para ir a trabajar
con Wilkins. En cambio, gracias a los esfuerzos de Luria, consiguió
unirse al grupo de Max Perutz en el laboratorio Cavendish, en la Universidad
de Cambridge, cerca del King's College. A la sazón, el grupo de
Perutz había conseguido recientemente discernir la primera estructura
tridimensional de una proteína, la hemoglobina, mediante difracción
de rayos X. Además, el laboratorio Cavendish estaba por aquella
época dirigido por Sir Lawrence Bragg, uno de los inventores de
la cristalografía de rayos X. Todos los augurios parecían
confluir en un único punto, aún lejano en el horizonte.
Durante su primer día en Cambridge, Watson conoció al
entusiasta físico británico Francis Crick y los dos se entendieron
inmediatamente. En esa época, Francis Crick tenía 35 años
y era aún un estudiante graduado. Pronto estuvieron de acuerdo en
colaborar en base a que Crick uniese sus conocimientos sobre cristalografía
de rayos X y de física a los conocimientos de Watson en genética.
No sería justo, aunque numerosos historiadores de la ciencia
caen en el error, contar la historia del descubrimiento de la doble hélice
del ADN sin nombrar a Rosalind Franklin. Franklin estaba trabajando en
el King's College con Maurice Wilkins; había realizado ya algunos
análisis de difracción del ADN, pero había acordado
con el director de la sección de biofísica del College, John
Randall, emplear su tiempo en otro tipo de experimentos.
Rosalind Franklin era una mujer de treinta años, brillante,
analítica e independiente, que tuvo que sufrir la atmósfera
de club masculino del King's College. Nunca congenió con Maurice
Wilkins, que se empeñaba en tratarla como asistente y no como colega.
En su best-seller de 1968, "La doble hélice", Watson se refiere
a Franklin como "Rosy" y se pregunta "cómo sería si se quitase
las gafas e hiciese algo distinto con su cabello". Francis Crick, en su
libro "¡Qué loco propósito!", admite que en
el College había restricciones irritantes para Rosalind, por ejemplo,
no se le permitía tomar café en una de las salas reservada
sólo para los hombres, pero considera que "éstas eran relativamente
triviales o así lo parecían en la época".
Lo cierto es que Watson y Crick estaban impedidos para realizar experimentos
con el ADN, por lo que dedicaban su tiempo a la realización de modelos
teóricos de hojalata. Una mañana llegó un manuscrito
de Linus Pauling desde Estados Unidos, en el cual detallaba sus conclusiones
acerca de la estructura del ADN a su hijo Peter, que por casualidades del
destino compartía una pequeña oficina con Crick y Watson.
Pauling, posiblemente el químico más eminente de su época,
representaba un duro competidor para los dos jóvenes de Cambridge
que ni siquiera tenían acceso al laboratorio para hacerle pruebas
al ADN. Watson y Crick leyeron el manuscrito y Watson corrió al
King's College con las noticias de Pauling. Allí se encontró
en un pasillo a Rosalind Franklin, quien se enojó marcadamente,
porque el manuscrito que Watson llevaba en la mano contenía información
que ella hacía un mes había solicitado infructuosamente al
laboratorio de Pauling. Wilkins llegó en ese momento y prácticamente
empujó a Watson a su despacho. Wilkins, eufórico, mostró
a Watson un par de excelentes fotografías de difracción que
Rosalind Franklin había tomado al ADN. Watson escribiría
en su libro "En el instante en que vi la imagen, mi boca se abrió
y mi pulso comenzó a acelerarse."
Franklin había deducido, mediante cálculos precisos,
que las bases nitrogenadas que entraban a formar parte de la composición
del ADN debían estar hacia adentro de una estructura helicoidal,
con el espinazo de azúcar-fosfato en su exterior. Además,
había calculado varios parámetros de la hélice, como
la distancia o período de repetición. Con estos nuevos datos,
Watson volvió a su laboratorio y, entre él y Crick, en un
mes llegaron a su modelo teórico para la estructura del ADN. Según
Watson: "Era demasiado hermoso para no ser verdadero".
La doble hélice de Watson y Crick permitía atar diversos
cabos en la estructura y funcionamiento de los genes. El hecho de que cada
base nitrogenada se aparee específicamente con otra base de la cadena
opuesta explica satisfactoriamente la replicación del ADN. En efecto,
durante la replicación de los genes previa a la división
celular, la doble hélice se abre en sus dos hebras individuales,
cada una de las cuales contiene exactamente la misma información.
Entonces, la enzima ADN-polimerasa es capaz de sintetizar, tomando como
molde las dos hebras separadas, otras dos hebras exactamente complementarias
a las iniciales. Se explicaba así la aparición de los dos
juegos de cromosomas durante la mitosis, cada uno de ellos conteniendo
prácticamente la misma información, salvo los errores de
copiado (mutaciones) y la herencia de los caracteres de los padres a los
hijos.
El modelo de la doble hélice del ADN de Watson y Crick ha sido,
quizás merecidamente, el hallazgo científico más profusamente
representado en los más diversos materiales y medios, como emblema
de los logros de la ciencia del siglo XX. A la entrada de la Facultad de
Ciencias de la Universidad de Uppsala, en Suecia, se encuentra, realizado
en bronce, un modelo algo extraño. Representa el ADN con el esqueleto
de azúcar-fosfato en el interior y las bases nitrogenadas como protuberancias
dirigidas hacia el exterior de la molécula. Se trata del modelo
que Linus Pauling describía a su hijo en el famoso manuscrito que
Watson enseñó a Wilkins. ¡Pauling había ideado
un modelo de ADN completamente equivocado, exactamente al contrario de
cómo es la molécula en realidad! No hay que sentir lástima
de Pauling por haber perdido su oportunidad de recibir el premio Nobel
de medicina y fisiología; el químico de Oregón fue
galardonado a lo largo de su vida con otros dos: el de química,
por sus estudios sobre la naturaleza del enlace químico y el de
la paz, por haber promovido y participado activamente en una asociación
de científicos en contra de las armas nucleares.
Rosalind Franklin no sería elegida para compartir la gloria
de Watson, Crick y Wilkins, quienes recibieron el premio Nobel en 1962
(Watson contaba 34 años), ni siquiera de forma póstuma. La
voluntariosa investigadora murió de cáncer en 1958, a la
edad de 37 años. Según Watson, "continuó trabajando
al más alto nivel hasta pocas semanas antes de su muerte".
