Para esta película ambientada en el Tibet
el músico tenía dos opciones claramente diferenciadas:
impregnar la banda sonora con la música tradicional de la
zona geográfica en la que se desarrolla la
acción -recurso ampliamente utilizado por todo tipo de compositores
y que ha dado excelentes resultados-,
o construir una música de corte sinfónico condicionada
extrictamente por las necesidades de la película.
Williams ha optado por una solución intermedia, creando un
tema central bellísimo -en realidad casi una
suite para chelo y orquesta-, en el que se desarrrolla toda la carga
melodramática de la historia, girando la
música alrededor de una melodía que con pocas notas
resulta definitiva para el espectador (y para el que
la oye en el disco) desde que la escucha por primera vez.
Junto a ello, los temas más incidentales
encuentran en las percusiones y en el tipo de sonido “oriental”
un punto de apoyo claro, aunque sin dejar de recurrir a arreglos
de tipo sinfónico cuando la acción lo
requiere.
El conjunto forma una banda sonora que acompaña
muy bien a la película, y que como disco resulta
realmente notable, lo que nos obliga a volver a insistir en el excelente
momento en el que se encuentra este
gran compositor.
Juan A. Saiz